sábado, 5 de mayo de 2012

IMPORTANCIA DEL DISCIPULADO

El discipulado es la instrucción y el seguimiento o acompañamiento que se le hace a los nuevos creyentes o recién convertidos al Señor.
No es suficiente, con que una persona venga a los pies de Cristo y haga la oración de fe, si esa fe no es alimentada con la Palabra. 
Es necesario echar fundamentos doctrinales sólidos sobre los cuales se siga construyendo la vida espiritual del nuevo creyente en Cristo. 1ª Cor. 3:11.  
Sin discipulado, el nuevo creyente queda a merced de cualquier viento de doctrina, y puede caer fácilmente en error por falta de instrucción, o rápidamente se enfría, se debilita y muere, como en el caso de la semilla, a la que hace referencia el evangelio de Lucas 8:11-14, en la parábola del sembrador.

Por lo tanto, es deber de la iglesia, cuidar del nuevo recién nacido en la fe, y alimentarlo con la leche no adulterada de la sana doctrina para asegurarle un crecimiento sano y un desarrollo fuerte en la fe.
El entusiasmo, la emoción y el fervor del primer momento de su conversión, pueden pasar pronto y quedar el nuevo creyente sin bases y sin armas para defenderse de los ataques del enemigo, que a partir de aquí, va a luchar por todos los medios para devolverlo al mundo y al pecado. De aquí la importancia de que el nuevo creyente comience a ser discipulado con fundamentos sólidos inmediatamente después de su conversión. 

Hoy la mayoría de las iglesias se están preocupando más por la cantidad, que por la calidad de sus miembros; las iglesias están creciendo vertiginosamente a lo ancho y no hacia arriba como debe ser. 
En las iglesias abunda la gente sin formación doctrinal, que solo andan buscando emociones y milagros, pero en lo que menos están interesados es en buscar al Señor y hacer un verdadero cambio de vida.

Encontramos hoy en las iglesias a muchas personas confundidas con diversas doctrinas, que no distinguen entre el bien y el mal, que desconocen la sana doctrina porque nuca han recibido un discipulado serio basado en la verdadera Palabra de Dios.

El Discipulado, además de formar a los nuevos creyentes, es necesario para afianzar los fundamentos  doctrinales de los creyentes más maduros que los capacite para el servicio y para ejercer el ministerio al que el Señor los ha llamado.
Podemos tener muchos ministerios, pero si no estamos bien formados en la Palabra, se pude hacer más daño que bien en la iglesia con ellos. Y lamentablemente, hoy, muchos cristianos andan buscando los dones y no al Señor de los dones; andan buscando la bendición pero no al Señor que bendice. 
Están confundidos con doctrinas de demonios que abundan en este tiempo, por desconocimiento de la Palabra. En Os.4:6, dice el Señor: “Mi pueblo pereció por falta de conocimiento”.

En las congregaciones se deben formar equipos de servidores con una doctrina sólida, personas de oración y de buen testimonio para que se encarguen de discipular a los nuevos creyentes, y así apoyar a los pastores. Asimismo, las responsabilidades ministeriales deben ser asumidas solamente por hermanos que hayan sido bien discipulados. Una persona enseñada con error, va enseñar error.

Los discipulados en la iglesia deben ser permanentes y por niveles para toda la iglesia. Esto fue lo que hizo Jesús, él formó a doce hombres y luego los envió a hacer nuevos discípulos. De otro modo, no habrá crecimiento espiritual, y sin formación tampoco podemos servir bien al Señor y a la iglesia.

Hoy vemos en las congregaciones a muchas personas que van a la iglesia pero no han hecho una conversión genuina. Viven un cristianismo tibio, acomodado, sin renunciar a los vicios y pecados de la vida pasada. No dudamos que sean muy buenas personas en lo natural, pero no viven conforme a la nueva vida del Espíritu Santo. Es decir, se han acomodado en la iglesia con todo lo que traían del mundo, y en nada se distinguen de los no creyentes, de los impíos de afuera.

Vemos “líderes de mucho prestigio” con sus hogares deshechos, que todavía ultrajan, humillan y golpean a la esposa. Parejas en unión libre, de años congregándose, y que no creían ni sabían que estaban en fornicación o adulterio, porque son de “mente abierta” y al pecado ya no se le llama por su nombre. 
Cuando venimos a los pies de Cristo, debemos venir dispuestos a dejar el pecado y a iniciar un proceso de cambio, a dejarnos transformar por el Espíritu Santo; pero pasan los años y algunos se van quedando, no avanzan, no muestran frutos ni vida de testimonio. Asimismo, vemos en la iglesia del Señor, hermanos con ministerios y liderazgo, que no se sujetan a los principios evangélicos. Hermanos que todavía usan vocabulario sucio, son deshonestos en los negocios y en el trabajo secular, mentirosos, que más bien son un descrédito para el evangelio porque desconocen los valores cristianos, por falta de discipulado.
Una iglesia que no discípula a sus congregados, tiene cristianos desnutridos y con SÍNDROME DE ENANISMO ESPIRITUAL, y cualquier prueba o dificultad los desanima y fácilmente son arrastrados por falsas doctrinas, por falta de fundamentos bíblicos.  
Sin discipulado, un creyente puede tener muy buena voluntad, pero no es apto ni está capacitado para ningún servicio ni ministerio en la iglesia; no entiende lo que es el compromiso con el Señor y con la Iglesia.
Amado lector, si usted nunca ha sido discipulado, y quiere crecer en la fe, pídalo al pastor y a los servidores de la iglesia, ore y lea la Palabra diariamente pidiendo al Señor entendimiento. 
                                        Bendiciones.              Orfilia Miranda Londoño                                                                                                                                                    

CRECIENDO EN JESUCRISTO

Continuando con el estudio de Vida nueva en el Espíritu, vimos cómo permanecer y perseverar en Cristo. Pero además de permanecer y perseverar en el Señor, debemos también CRECER en JESUCRISTO. Y para que haya crecimiento, tiene que haberse dado primero un nacimiento. 

Cuando en un hogar nace un niño, toda la familia se alegra y se regocija por el nuevo nacimiento. Así mismo, cuando nace una nueva persona en Cristo, es motivo de alegría para la iglesia. Y es motivo de alegría y gozo, porque es una persona que pasó de las tinieblas a la luz, y de la muerte eterna a vida eterna; pasó del reino de Satanás al reino de Dios. Y dice la Palabra en Lucas 15: 7, quetambién “en el cielo hay gozo por un pecador que se arrepiente;” y allí mismo en el v.10, dice que “hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente”. Y sigue diciendo en los versos 23 y 24: “Hagamos fiesta porque este hijo estaba muerto y ha revivido; se había perdido y es hallado.” Ciertamente, estaba perdido y le fue arrebatado al enemigo.

Pero el recién convertido no puede quedarse aquí en esta primera etapa, puesto que, la conversión es sólo el comienzo de todo un proceso de crecimiento espiritual; y así como el recién nacido, debe ser alimentado con leche materna, también el recién convertido debe “desear como niño recién nacido, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezca para salvación”1ª Ped.2:2.
Jesús mismo, siendo Dios, al tomar la naturaleza humana, se sometió a los procesos normales de crecimiento y desarrollo físico-intelecto-espiritual, y social, esto lo expresa muy bien la Escritura en Luc.2:40 y Luc.2:52:“Y el niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre el.” "Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, para con Dios y los hombres.” 
Es así, como en su infancia, Jesús es presentado en el templo y circuncidado a los ocho días de nacido según la ley judía; se sometió a sus padres y fue instruido en la ley y asistió a la Sinagoga como los judíos.

Los creyentes también, debemos someternos a los procesos de crecimiento espiritual, “Hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo;”Ef.4:13.
Para Crecer en Jesucristo, hay que aprovechar todos los medios disponibles en la iglesia para la formación espiritual, que nos lleve a un mejor conocimiento del Señor Jesucristo, y al desarrollo de una fe madura, sometiéndonos a la acción renovadora del Espíritu Santo.
Además de la formación doctrinal que le ofrezca la iglesia, el creyente, debe de buscar diariamente en la oración y la lectura de la Palabra, el soporte y alimento imprescindibles para la vida espiritual del creyente que quiere estar en continuo crecimiento hasta alcanzar la vida de plenitud en Cristo, la cual tiene su total culminación ya en la presencia del Señor. Lo que significa que durante toda su vida, el cristiano tiene que caminar hacia la meta de la perfección. 
Entendemos que esto no es fácil, porque tenemos que seguir luchando contra nuestra propia naturaleza humana inclinada al mal, pero debemos tener fe y confianza en el que venció; en el que tiene toda autoridad y poder: ¡en Cristo! ¡El Cristo que se levantó de entre los muertos; aquel que la tumba no pudo retener porque venció la muerte con poder y vive para siempre a la diestra del Padre!

Recordemos que cuando Pablo le pide al Señor que lo libre del aguijón de la carne,él le dice: “Bástate mi gracia”.2ª Cor.12:7-9. Más adelante en Fil. 4:13, Pablo afirma: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.” Pablo había aprendido a confiar sus flaquezas al que es Todopoderoso: el Señor. Es una promesa, que en el Señor, lo imposible es posible.

No es, pues, comprensible ni aceptable, que un creyente lleve varios años en una congregación sin que se produzca crecimiento espiritual y que su vida no esté siendo transformada. 
Entendemos que por lo general, la transformación es progresiva, pero tiene que manifestarse, tiene que irse notando el cambio en la vida del nuevo creyente en la medida que va siendo formado en la doctrina cristiana. 
Por el contrario, si este cambio no empieza a darse, podemos deducir o pensar, que estos nuevos creyentes no están recibiendo en la iglesia el alimento doctrinal adecuado para su crecimiento espiritual y se están quedando desnutridos espiritualmente, o quizás no han hecho una conversión genuina y no han entregado todas las áreas de su vida al Señor.
Los creyentes sin crecimiento espiritual producen estancamiento en las congregaciones y se constituyen en anti testimonio para los nuevos creyentes que llegan a estas iglesias; pues con esta actitud están negando el poder renovador y transformador del Espíritu Santo en su iglesia. 

Para los creyentes debe quedar muy claro, que estamos en un combate espiritual permanente contra Satanás y sus ángeles, que luchan permanentemente por todos los medios para apartarnos de Cristo. Desde el momento en que usted, amado lector, toma la decisión de seguir a Cristo, Satanás se declara en guerra abierta contra usted. No pensemos que por habernos convertido y haber aceptado al Señor, ya se nos acabaron las tentaciones y los problemas. ¡No! ¡Los que así piensan están equivocados! ¡Es aquí cuando empieza la batalla! Ef.6:12.
Hay creyentes que creen que ignorando al enemigo, este no se mete más con nosotros y no nos hará ningún daño. No es así; olvidan que la misma Palabra de Dios, nos insta a estar alerta ante este peligro constante, en 1ª de Pedro 5:8, “Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente anda alrededor buscando a quién devorar.” 
Debemos estar alerta, el enemigo no va a descansar y nos estará tendiendo lazo en todo momento para que caigamos de nuevo en el pecado y nos desanimemos; pero el Señor nos dice en Stg. 4: 7, “Sométanse a Dios, y resistan al diablo y el huirá de ustedes”. Al enemigo hay que resistirlo con la oración y la Palabra. Ef. 6: 11-18, nos recomienda estar vestidos con la armadura de Dios, con la espada en la mano y firmes en la fe, listos para luchar contra el enemigo, para que este no nos sorprenda. Pero esto no nos debe producir temor, porque  recordemos que “Mayor es el que está con nosotros, que el que está en el mundo1ª Jn.4:4. 
Así que, en la medida que leemos la Palabra y dedicamos tiempo diario a la oración, nos fortalecemos espiritualmente contra el enemigo y crecemos en la gracia y el conocimiento de Cristo. 2ª de Pedro 3:18.
Como lo vimos ya en el mensaje sobre “Permanecer y Perseverar en Cristo,” aquí vuelvo a insistir en que la vida cristiana debe descansar sobre cuatro pilares fundamentales de oración, palabra, santidad y congregación. Si procuramos mantenernos sobre estas cuatro bases, o pilares, pronto veremos los resultados del crecimiento espiritual en Jesucristo.

Es importante que veamos algunas características que tenían los primeros cristianos en Hechos 2:42- 47:
*Perseverancia.
*La enseñanza era básica para ellos.
*Unidad entre ellos.
*Permanente comunión con Dios por medio de la oración.
*Compartían con alegría y sencillez de corazón, entre otras.
Dentro de estas características se destacan la fidelidad a Dios y la unidad con que vivían y hacían todas las cosas.
El congregarse era una necesidad para los primeros creyentes en los comienzos de la iglesia. El reunirse a orar y a alabar a Dios y el estudio asiduo de la palabra, los fortalecía contra los embates del enemigo y les permitía un crecimiento espiritual que los capacitaba para cumplir la misión que les había sido encomendada: llevar el Evangelio a todas las naciones.

El Espíritu Santo es pues, el que forma la Iglesia con los convertidos; los santifica y los perfecciona; los asiste y les da los dones espirituales para su edificación y crecimiento y para que den frutos de santidad.
Si una congregación se estanca en el crecimiento espiritual, y los creyentes no dan buenos frutos de santidad, ni dentro ni afuera de la congregación, es porque no hay actuar del Espíritu Santo en sus vidas; y tenemos que decir que ésta congregación está mal; está grave en “cuidados intensivos” y que necesita con urgencia de la presencia del Espíritu Santo. Pues, como ya lo hemos dicho varias veces, el Espíritu Santo es la vida de la iglesia; es el manantial de agua viva para el creyente; es para la vida espiritual del creyente como el agua a las plantas; una planta sin agua, se marchita y muere. Un cristiano sin la unción y el poder del Espíritu Santo, espiritualmente esta muerto. Está seco. Es un creyente que “va a la iglesia pero está muy lejos de tener una vida abundante y con propósito conforme a la voluntad de Dios.
Les invito mis amados lectores, en el amor de Cristo el Señor, a revisar el crecimiento en la vida espiritual personal. La vida en el Espíritu, va más allá de las emociones y los sentimientos puramente humanos; estos son importantes, pero no debemos depender de ellos sino de la fe madura y profunda en Cristo. Pues, en los momentos difíciles de la prueba, la fe es la que nos sostiene para mantener la mirada en Cristo y no en las circunstancias que nos rodean.
No olvidemos entonces, que es del Espíritu Santo que recibimos el poder y la unción para CRECER EN JESUCRISTO.  Bendiciones.         
                                                           Orfilia Miranda L.
 

lunes, 30 de abril de 2012

PERMANECER Y PERSEVERAR EN CRISTO

En mensajes anteriores, hablamos de las terribles consecuencias que produjo el pecado en el mundo y de la provisión salvadora de Dios: Cristo. Y que  para obtener la salvación, tenemos que arrepentirnos del pecado y aceptar a JESÚS como SEÑOR y SALVADOR de nuestras vidas; y decíamos que para este proceso, Dios nos ofrece el regalo del Espíritu Santo; y vimos también la VIDA NUEVA del creyente en el Espíritu Santo.
Hoy traemos un tema muy interesante sobre los medios por los cuales podamos PERMANECER y PERSEVERAR en esta experiencia maravillosa con el Señor, puesto que la vida cristiana no es para vivirla solamente en el plano de los sentimientos y de las emociones, sino que tenemos que avanzar en fe, respondiendo de la mejor manera al llamado que el Señor nos hace a vivir una vida santa. 
El nos llama a buscar primero su Reino y su Justicia y todo lo demás nos lo dará como añadidura. Mat.6: 33.
Es pues, nuestra responsabilidad, el que este proceso de crecimiento espiritual, que un día comenzamos, continúe en nosotros, y por eso la importancia de que nos formemos en el conocimiento del Señor a través de su Palabra, y que el conocimiento de la misma, desarrolle en nosotros una fe madura y firme, que en el momento de la prueba y cuando nos falten las emociones y nos llegue el desaliento, nos podamos sostener sin volver atrás a la vida de pecado. Una fe madura que nos mantenga con la mirada puesta en Cristo y no en ningún hombre. Los hombres nos pueden fallar pero el Señor no.
Si continuamos en esta disposición, el Señor seguirá sanando nuestro espíritu, mente y cuerpo; seguirá transformándonos y el fruto y los dones del Espíritu Santo, no tardarán en manifestarse en nuestras vidas. 
El proceso del crecimiento espiritual puede ser largo, pero hay que esforzarse en buscar los medios que nos ayuden a permanecer y perseverar en Cristo. Jn.Cap.15.
Así que, amado lector, no hay otra forma de dar buenos frutos y de "permanecer y perseverar" en la vida cristiana, si no estamos unidos a Cristo, el tallo principal de donde recibimos la savia divina de la gracia, que nos nutre espiritualmente. Jn.15:4-6.
Además de la exigencia de permanecer unidos a Cristo, la vida nueva del cristiano tiene que apoyarse en cuatro pilares básicos o fundamentales, que son medios que el Señor nos da para permanecer y perseverar en la vida abundante que él nos ofrece.

1- ORACIÓN: Es la vía de comunicación directa, personal e íntima con el Señor. Debemos anhelar cada día esos encuentros con el Amado, para hablarle a Él y escucharle. Esto nos exige apartarnos un poco del ruido del mundo y sus distracciones y hacer un espacio diariamente para la oración profunda y sosegada. 
Muchos cristianos sacan tiempo para ir al cine y al fútbol, ver televisión y navegar por Internet hasta cuatro y más horas diarias, pero es difícil que puedan dedicar tiempo para la oración. 
Haciendo esto, estamos poniendo otras cosas en primer lugar antes que a Dios, y no estamos obedeciendo el principal mandamiento, que es “Amar a Dios sobre todas las cosas” y este es un pecado grave de idolatría. 
Se trata pues, de manejar bien el tiempo y darle a Dios el primer lugar en todo lo que hagamos. De otro modo no podemos profundizar en nuestra relación con el Señor. 
 
2- PALABRA: El estudio diario de la Palabra, nos permite conocer mejor a Dios y en la medida que le conocemos y nos damos cuenta cuánto nos ama, le amamos más, nos enamoramos más de Él; podemos entender que El nos amó primero, que El nos eligió, no nosotros a Él. 
Es a través de la Palabra que el Señor se sigue revelando al creyente. En ella encontramos los mandamientos y consejos que Dios escribió para nosotros. Allí encontramos las instrucciones para llevar una vida santa de acuerdo con el propósito que él tiene. Debemos ser unos enamorados de la Palabra del Señor.

3- SANTIDAD: Mantener la santidad, implica apartarnos del pecado en todas sus formas y guardarnos para el Señor, puesto que, sólo a él le pertenecemos cuando aceptamos su SEÑORÍO. Y si bien es cierto, que estamos en el mundo físico, no pertenecemos a su sistema libertino y perverso, por eso, el  mundo nos aborrece. Jn. 15:18-19. 
Apartarse del mundo entonces, no significa esconderse y no volver a salir a la calle; es guardarse de todo lo que el mundo me ofrece y que con ello me pueda llevar de nuevo al  pecado, o distraerme de la comunión con el Señor. Hay muchas cosas de las que el mundo ofrece, que en sí, no son ni buenas ni malas, pero nos distraen y nos enfrían en la vida espiritual; impiden que demos fruto y que se manifiesten en nosotros los dones espirituales, y entonces, nos convertimos en cristianos tibios y mediocres: “cristianos domingueros.” No debemos pues, tener amistad ni coqueteos con el mundo, porque nos hacemos enemigos de Dios, dice la Palabra en Santiago 4: 4.
 
4-CONGREGACIÓN: Sin congregarse el cristiano no puede mantenerse fervoroso por mucho tiempo; se enfría y muere espiritualmente. Cuántos hay que un día recibieron al Señor con mucha alegría y gozo, pero no volvieron a congregarse, se apartaron y se apagaron y volvieron a ser arrastrados por los atractivos del mundo. 
La vida cristiana se vive en comunidad; el congregarnos nos mantiene vivos, crecemos, nos fortalecemos y nos animamos unos a otros a permanecer y a seguir perseverando en el Señor. 
La congregación es para compartir, celebrar, orar, crecer, alabar y adorar juntos al Señor. Nos gozamos, lloramos con el que llora, estudiamos la Palabra, intercedemos los unos por los otros y nos animamos cuando estamos desanimados. Congregados formamos la iglesia, somos el pueblo escogido de Dios

Revisemos pues, si nuestra vida cristiana está afirmada sobre estos cuatro pilares: ORACIÓN, PALABRA, SANTIDAD y CONGREGACIÓN.
Sólo así podemos PERMANECER y PERSEVERAR en Cristo.   ¡Bendiciones!   
                                                                                                                           Orfilia Miranda L.



La vida nueva en el Espíritu Santo


Cuando somos llenos del Espíritu Santo, se produce en nosotros una transformación asombrosa y experimentamos una vida nueva, veamos:
1- Comienzas a conocer a Dios: ¿Quién en estos tiempos no ha oído hablar de Dios? creo que todos en teoría; con frecuencia escuchamos a la gente decir, Dios le bendiga o Dios le acompañe, sin saber mucho el sentido de lo que se dice y sin que esto signifique que llevan una vida recta delante de Dios. 
Pero cuando recibes al Espíritu Santo, es diferente: empiezas a experimentar la presencia y el amor de Dios en tu vida de una manera diferente como le pasó Job 42:5: De oídas te había oído; Mas ahora mis ojos te ven. Aunque Job era recto y temeroso de Dios, pero no había tenido una experiencia real con él.
Cuando somos llenos del Espíritu Santo, Dios se convierte en una realidad en nuestra vida y se establece una relación y una comunión estrechas con El, pues el Espíritu Santo, es el que inspira y guía a los que se abren con corazón dispuesto a su acción renovadora y santificadora.
2- La Palabra de Dios cobra sentido: Cuando somos llenos del Espíritu Santo, la Biblia que es la Palabra de Dios escrita, bajo la inspiración del mismo Espíritu, toma vida y significado en nuestras vidas, porque sólo el Espíritu Santo puede hacernos comprender y amar la Palabra que Él mismo inspiró; El pone en nosotros el deseo de vivir y actuar de acuerdo con Ella; renueva nuestra mente para pensar y sentir de acuerdo con la Palabra. Así, Cristo, que es la Palabra viva, viene a ser una persona real en nosotros. Pues lo que más desea el Espíritu Santo es que seamos transformados en Cristo, y en él, seamos hechos hijos de Dios el Padre, Rom. 8:14: “Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios.” En resumen, pone en nosotros un grande anhelo por conocer más y más de la Palabra.
 3- Oramos de una manera nueva: Cuando somos llenos del Espíritu Santo, oramos diferente, porque el mismo Espíritu ora en nosotros; Rom.8: 26. El Espíritu Santo nos da el don de alabanza, haciéndonos sentir el amor de Dios manifestándose en palabras, expresiones e himnos de adoración y gratitud. 
Sólo el Espíritu Santo hace real en nosotros esa alabanza que fluye del espíritu, como el salmista: “Alaba alma mía al Señor y todo mi ser bendiga su Santo Nombre.Sal.103:1. “Alabo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca” Sal.34:1
A algunos les es dado también la inspiración para componer y cantar salmos, que son himnos de alabanza y adoración con armonía y belleza de los que habla el Sal.40:3, pone cántico nuevo en nuestra boca, de alabanza a nuestro Dios. Léase  1ª Corintios cap. 14.
4-Recibimos dones y ministerios: palabra de sabiduría, palabra de ciencia, fe, discernimiento, consejo, enseñanza y todos aquellos ministerios de servicio a la iglesia. 1ª Cor. 12:4-11.
5- Produce fruto en nosotros: Lo principal que produce el Espíritu Santo en nosotros cuando le recibimos y le entregamos el gobierno de nuestra vida, es el FRUTO. Contrario a los frutos de la carne como impíos: adulterios, fornicación, impurezas, vicios, idolatría, espiritismo, mentira, odios, pleitos, celos, iras, ambiciones, quejas, críticas, falsas doctrinas, envidias, crímenes, orgías, borracheras y cosas semejantes; El fruto que produce el Espíritu Santo en la vida del creyente es: “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio”. Gál. 5:19; 23.
Por tanto, por los frutos que mostramos podemos saber cuándo somos guiados por el Espíritu Santo, o por nuestros propios deseos carnales. 
El Espíritu Santo nos ayuda a vivir una vida con propósito y a caminar en la perfecta voluntad del Señor. Así, que sin el Espíritu Santo, en nuestras fuerzas, es imposible vivir en SANTIDAD y agradar a Dios. 
Si como creyentes, todavía estamos actuando y viviendo en la carne, es que el Espíritu Santo no está actuando en nosotros porque aún no le hemos hecho una entrega total. “Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de élRom.8:9.
El fruto principal que debe producir el creyente es el AMOR, y Pablo dice: “Busquen pues tener amor y al mismo tiempo deseen los demás dones espirituales,” 1ª Cor.14:1 y 1ª Cor.13:13.
No dejemos apagar el Espíritu. Después de recibir al Espíritu Santo, también lo podemos dejar apagar 1ªTes.5:19. Debemos cuidar y atesorar ese regalo de Dios; muchos cristianos reciben el Espíritu Santo con mucho entusiasmo y gozo, pero en poco tiempo lo dejan apagar por falta de oración, por no leer la Palabra de Dios, y falta de discipulado; y de nuevo vuelven a encontrarse vacíos, desanimados y llenos de amargura. Cuando dejamos apagar el Espíritu Santo, el creyente se enfría en la vida espiritual, se debilita, se aparta y vuelve al pecado.
El Señor quiere que recibamos el don del Espíritu Santo. Es una experiencia maravillosa, muy difícil de explicar a otros, porque es una vivencia personal, íntima entre el Espíritu Santo y el creyente. Dios quiere que seamos su habitación y darnos una vida abundante y gozosa. Solo con Él es posible vivir la vida nueva de SANTIDAD que Dios nos pide, y recordemos, que sin santidad nadie podrá ver a Dios.
Dios les bendiga.          Orfília Miranda L.
                                                                             

La promesa del Espíritu Santo

(Segunda parte)
Después que los discípulos de Jesús, recibieron el Espíritu Santo el día de Pentecostés, fueron transformados. Siendo que eran hombres sencillos, de poca instrucción y temerosos, ya no tenían temor. Pedro, que antes había negado a Jesús por miedo a los judíos, ahora, lleno del Espíritu Santo, habla con valentía y con poder de Jesús, delante de 3.000 judíos. Aclara a la multitud que ellos no están borrachos, como algunos están pensando; les dice que lo que está sucediendo es el implemento de la promesa de Dios; y citando la escritura, dice: esto es lo dicho por el Profeta Joel, 2:28-29: "Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días."
La promesa se ha cumplido entonces, así como lo anunció Jesús: el Espíritu Santo ha sido derramado en la iglesia.  
Pedro, inspirado por el Espíritu Santo, empieza a predicar sobre Jesús a la multitud, enseñándoles cuáles son las condiciones para obtener el perdón de los pecados y la nueva vida en Cristo, y les señala dos requisitos importantes para que ellos también puedan recibir el Espíritu Santo: Arrepentíos, y Bautícese cada uno en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el Espíritu Santo. Hch.2:38.  
Debemos recibir el Espíritu Santo, con un corazón dispuesto sin ponerle obstáculos, recibirlo por fe, dejando que él actúe y se manifieste en nuestra vida. 
El Espíritu Santo, mis hermanos, es otra manifestación del grande amor misericordioso y eterno del Padre, del que habla Jeremías 31:3: “Con amor eterno te he amado; por eso te prolongué mi misericordia.” Solo por pura misericordia y amor, es que el Padre nos envía a su Hijo para darnos salvación y nos da su Espíritu para transformarnos. 
Si estamos dispuestos realmente a dejarnos transformar por el Espíritu Santo, permitamos que haga en nosotros lo que tiene qué hacer; que cambie lo que tenga que cambiar; que nos limpie del pecado y enderece nuestros pasos.
Si usted, amado lector, no ha dado este paso de la conversión, le invito a prepararse, con un arrepentimiento profundo y sincero de sus pecados, pidiéndole a Jesús que entre en su corazón, dígale que usted quiere que él tome el control de su vida y que le de la nueva vida en el Espíritu Santo. 
El Espíritu S. desea y anhela que le recibamos; El quiere santificarnos con su gracia y regalarnos sus dones. Si lo pedimos al Padre con profundo anhelo, él que lo prometió, nos lo dará. Sin la acción del Espíritu Santo en nosotros, es imposible tener una vida plena y renovada, no importa cuántos años llevemos en una iglesia.
No es el pastor, no son los hermanos, ni es el mucho tiempo de congregarnos, el que nos transforma en auténticos cristianos: es el Espíritu Santo, el que en la medida que nos disponemos y le abrimos nuestro corazón, nos hace criaturas nuevas en Cristo y por tanto, hijos de Dios y herederos del reino.
El creyente sin la presencia del Espíritu Santo, no tiene PODER para vencer el pecado, ni para hacer ninguna buena obra y dar testimonio de Cristo.
El Espíritu Santo es, pues, el accionar en la vida de la iglesia y de cada creyente en particular. 
Que Dios les bendiga. 
                                                                                      Afilia Miranda L.

lunes, 12 de marzo de 2012

LA PROMESA DEL ESPÍRITU SANTO


Después del hombre reconocer su pecado y saber que hay una provisión de salvación, Cristo, ahora se nos anuncia otro regalo: El regalo del Espíritu Santo. La gran promesa del Padre, para los creyentes, es que el Espíritu Santo viene a morar en nosotros para que podamos experimentar la nueva vida de hijos de Dios, que nos ha sido dada en Cristo.
Ya desde tiempos antiguos, los profetas por revelación divina, venían hablando del Espíritu Santo; y a lo largo del Antiguo Testamento, encontramos varias referencias en donde el Padre promete enviar el Espíritu Santo a su pueblo.
Antes del nacimiento de Cristo, el Espíritu Santo solo era dado a unos pocos, a aquellos a quienes Dios les encomendaba una misión especial, como los profetas, o a alguna persona, en un momento determinado.
 La promesa es, que en el tiempo, el Espíritu Santo será derramado sobre el pueblo para ser transformados, Ez. 36:25-27. El Señor quiere hacer de su pueblo personas nuevas con espíritu y corazón limpio, que le honren, le sirvan y le den la gloria solo a Él; personas con vida abundante, llenos de gozo, con un corazón limpio de toda idolatría, que caminen en sus estatutos. 
Isaías 32:15, registra la misma promesa, que el Espíritu de lo alto será derramado, y el desierto de nuestro corazón se convertirá en un campo fértil. 
La promesa es para todos, para hombres y mujeres, jóvenes, ancianos y niños: “Y Yo derramaré mi Espíritu sobre toda carne,” Joel 2:28-29. La promesa del Espíritu Santo es pues, para todos los que crean y reciban el Señorío de Jesús.
Y entonces, la promesa hecha por Dios desde el Antiguo Testamento, por medio de los profetas, acerca del Espíritu Santo, empieza a tener su pleno cumplimiento con la venida del Mesías: El Verbo de Dios, es encarnado por obra del Espíritu Santo mismo; y más adelante, Juan ya se refiere a Jesús, como “El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, y el que bautiza con el Espíritu Santo.Jn.1:29,33. Es decir, tras el Salvador, vendrá el Espíritu Santo afirmando la obra que Cristo hace en nosotros para que permanezca, porque la obra del Espíritu Santo en nosotros es sustentadora, transformadora y santificadora. Es el Espíritu Santo el que nos capacita para vivir la nueva vida en Cristo.
Al cumplirse el tiempo, es Jesús mismo, quien durante su ministerio anuncia a sus discípulos que cuando él se vaya enviará el Espíritu Santo de parte del Padre, para que permanezca con ellos: “Yo pediré al Padre y él les dará un Defensor que permanecerá con ustedes; El Espíritu de la Verdad.”Jn.14:16-17. Y esto es corroborado en el verso 26: “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, El os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que Yo os he dicho.” Así que, el Espíritu Santo, es nuestro Abogado Defensor, Consolador y Maestro; nos da sabiduría, nos llena de gozo y paz; nos revela la voluntad del Padre y nos guía a la vida eterna. Y vemos que cada vez hay más referencias a la promesa: Jn. 15:26-27; Mar. 1:8. 
Por último, después de haber padecido y resucitado Jesús, y antes de partir al Padre, vuelve a confirmarles la promesa a sus discípulos diciéndoles: He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto Lc.24:49. Y, Hechos 1:4-5, habla del bautismo que van a recibir en pocos días: “Juan bautizaba con agua, pero ustedes serán bautizados con el Espíritu Santo.”
Vemos, entonces, que en la medida que el tiempo pasa, se hace más insistente la promesa del Espíritu Santo, y se aproxima cada vez más su cumplimiento. 
Los discípulos y todos los que creyeron en Jesús, permanecieron en obediencia en Jerusalén, en oración y alabanza a Dios, gozosos, esperando el cumplimiento de tan anunciada promesa.
Y llegado el día de Pentecostés, como lo relata la biblia, la presencia del Espíritu Santo se manifiesta poderosamente sobre cada uno de los presentes, haciéndose realidad la promesa del Padre anunciada tantas veces y vemos cómo cambia la vida de los apóstoles. Hechos 2:2-4.  Dios les bendiga.    
 Orfilia Miranda L.

lunes, 5 de marzo de 2012

Reconociendo a Jesucristo como Señor


Antes de ser salvados, estábamos en el reino de las tinieblas, del pecado y de la muerte. Al ser salvos, somos rescatados, redimidos y libres; ahora le pertenecemos a Jesucristo, porque hemos sido comprados al precio de su sangre. Mas, ahora, pasamos de las tinieblas a la luz de Cristo; de la muerte eterna, a la vida abundante en Cristo. Ser salvos, es pasar del reino de Satanás, al reino de Dios y aceptar el SEÑORIO de Cristo en nuestras vidas, que es: Autoridad, Dominio, Poder y Potestad de Cristo sobre nosotros.
Al reconocer a Jesús como SEÑOR, le estamos diciendo que somos suyos, que le pertenecemos y estamos dispuestos a obedecerle.
Para que el Señorío de Cristo se instaure en nosotros debemos:
-RENUNCIAR A SATANAS: A todos sus engaños, y a todas sus obras: prácticas de magia, adivinación y hechicería; espiritismo, control mental, a toda religión e ideologías que abran las puertas a los espíritus malignos; debemos renunciar a todo aquello que nos aparte de la oración y la palabra; finalmente, debemos renunciar a todo aquello que, con apariencia de bueno, nos aparte de Dios, y nos pueda volver a llevar a la vida de pecado.
-RENUNCIAR A LA IDOLATRIA. Idolatría es todo aquello que le quite el primer lugar a Dios en nuestro corazón. Recordemos que el primer mandamiento es: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todas tus fuerzas y con todo tu ser.” Mar.12:29-30. Dios, es Dios celoso, que no comparte su gloria con nadie más. Ex.34:14.
Recordemos que el pueblo de Israel cayó en el pecado de la idolatría y esa desobediencia fue la causa de que no pudieran entrar en la tierra prometida.
-RENUNCIAR Al APEGO AL PECADO y a toda situación de pecado, pidiendo al Espíritu Santo que nos guíe a una conversión total, profunda, sincera, y verdadera, cediéndole todas las áreas de nuestra vida para que sean transformadas por el Espíritu Santo. No caigamos en la mentira de Satanás, que ya hoy al pecado no se le llama pecado, sino errores, imperfecciones humanas, y apoyados en esto nos damos licencia para pecar. Is.5:20 dice: ¡Hay de los que a lo malo le llaman bueno y a lo bueno le llaman malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz! 
Conversión es cambiar de actitud; dejar la vida de pecado y de malas costumbres que llevamos y volvernos al Señor; es cambiar de mentalidad, renovar nuestra mente, y eso incluye también un cambio exterior: la moda que usamos, la forma de vestir, cómo hablamos, cómo nos conducimos, las amistades y lugares que frecuentamos, todo esto habla de nuestro testimonio. Conversión es una transformación total del individuo, es decir, nos despojamos del viejo hombre, y nos revestimos de un hombre nuevo y una mujer nueva, Ef.4:22-24. “En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente,….” La conversión exige pues, un cambio total de la persona, un cambio en todas las áreas de su vida. No acepte la creencia de que no es necesario cambiar por fuera porque Dios solo mira el corazón. Sí, Dios mira la sinceridad del corazón, pero la transformación debe ser integral y nuestro aspecto exterior debe reflejar nuestra vida de santidad. La apariencia y el comportamiento de los creyentes, debe distinguirse en todo, de los impíos. No podemos andar como cristianos impíos, o como impíos que se dicen cristianos, haciendo que con nuestro mal testimonio otros blasfemen del evangelio del Señor.
Conversión es, entregarse a Dios y creer en Jesús, reconociéndole como el SEÑOR de nuestra vida, dándole libertad al Espíritu Santo para transformarnos y plantar en nosotros la vida de oración y alabanza, “Pues,…nadie puede llamar a Jesús SEÑOR sino es por el Espíritu Santo”. 1ª Cor. 12:3.
-ENTREGA PERSONAL. Esto implica, como ya dijimos, una entrega total y decidida al Señor de cada área de nuestra vida: voluntad, sentimientos, emociones, espíritu, mente y cuerpo; pasado, presente y futuro.
El Padre ha dado a Jesucristo su Hijo, todo poder y autoridad, constituyéndole El SEÑOR de todo. Pues, teniendo la misma naturaleza que el Padre, se despojó de Sí mismo, se humilló y se ofreció por nosotros a una horrenda muerte de cruz; por ello, el Padre lo exaltó y le dio un nombre que está por sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús, toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en el abismo; y toda lengua proclame que “JESUCRISTO ES EL SEÑOR” para gloria de Dios Padre. Fil.2:6-11.
Para ser salvos, pues, es necesario creer en Jesús, y recibirle como SEÑOR. “Si confiesas con tu boca que JESUS es el SEÑOR, y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo”. Ro.10:9-10.
Tu, que lees este mensaje, si aún no has recibido a Cristo, te invito a que lo hagas ahora mismo. ¡No arriesgues tu salvación! ¡Bendiciones!
                                                                                                           Orfilia Miranda L

“EL TESTIMONIO DE VERDAD”

  “EL TESTIMONIO DE VERDAD” 1ª de Juan 1 y 2 Si examinamos cuidadosamente la vida de Jesús, encontramos que mucha gente le seguía y escu...