Antes de ser salvados, estábamos en el reino de las tinieblas, del
pecado y de la muerte. Al ser salvos, somos rescatados, redimidos y libres; ahora
le pertenecemos a Jesucristo, porque hemos sido comprados al precio de su
sangre. Mas, ahora, pasamos de las tinieblas a la luz de Cristo; de la muerte eterna,
a la vida abundante en Cristo. Ser salvos, es pasar del reino de Satanás, al
reino de Dios y aceptar el SEÑORIO de Cristo en nuestras vidas, que es:
Autoridad, Dominio, Poder y Potestad de Cristo sobre nosotros.
Al reconocer a Jesús como SEÑOR, le estamos diciendo que somos suyos,
que le pertenecemos y estamos dispuestos a obedecerle.
Para que el Señorío de Cristo se instaure en nosotros
debemos:
1°-RENUNCIAR A SATANAS: A todos sus engaños, y a todas
sus obras: prácticas de magia, adivinación y hechicería; espiritismo, control
mental, a toda religión e ideologías que abran las puertas a los espíritus
malignos; debemos renunciar a todo aquello que nos aparte de la oración y la
palabra; finalmente, debemos renunciar a todo aquello que, con apariencia de
bueno, nos aparte de Dios, y nos pueda volver a llevar a la vida de pecado.
2°-RENUNCIAR A LA IDOLATRIA. Idolatría es todo aquello
que le quite el primer lugar a Dios en nuestro corazón. Recordemos que el
primer mandamiento es: “Amarás al Señor
tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todas tus
fuerzas y con todo tu ser.” Mar.12:29-30.
Dios, es Dios celoso, que no comparte su gloria con nadie más. Ex.34:14.
Recordemos que el pueblo de Israel cayó en el pecado de la idolatría y
esa desobediencia fue la causa de que no pudieran entrar en la tierra
prometida.
3°-RENUNCIAR Al APEGO AL PECADO y a toda situación de
pecado, pidiendo al Espíritu Santo que nos guíe a una conversión total, profunda, sincera, y verdadera, cediéndole todas las
áreas de nuestra vida para que sean transformadas por el Espíritu Santo. No caigamos en la mentira de Satanás,
que ya hoy al pecado no se le llama pecado, sino errores, imperfecciones humanas,
y apoyados en esto nos damos licencia para pecar. Is.5:20 dice: ¡Hay de los que
a lo malo le llaman bueno y a lo bueno le llaman malo; que hacen de la luz
tinieblas, y de las tinieblas luz!
Conversión es cambiar de actitud; dejar la vida de pecado y de malas costumbres
que llevamos y volvernos al Señor; es cambiar de mentalidad, renovar nuestra
mente, y eso incluye también un cambio exterior: la moda que usamos, la forma
de vestir, cómo hablamos, cómo nos conducimos, las amistades y lugares que
frecuentamos, todo esto habla de nuestro testimonio. Conversión es una
transformación total del individuo, es decir, nos despojamos del viejo hombre,
y nos revestimos de un hombre nuevo y una mujer nueva, Ef.4:22-24. “En cuanto a la
pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a
los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente,….” La
conversión exige pues, un cambio total de la persona, un cambio en todas las
áreas de su vida. No acepte la creencia de que no es necesario cambiar por
fuera porque Dios solo mira el corazón. Sí, Dios mira la sinceridad del
corazón, pero la transformación debe ser integral y nuestro aspecto exterior debe
reflejar nuestra vida de santidad. La apariencia y el comportamiento de los
creyentes, debe distinguirse en todo, de los impíos. No podemos andar como cristianos impíos, o como impíos que se dicen
cristianos, haciendo que con nuestro mal testimonio otros blasfemen del
evangelio del Señor.
Conversión es, entregarse a
Dios y creer en Jesús, reconociéndole como el SEÑOR de nuestra vida, dándole
libertad al Espíritu Santo para transformarnos y plantar en nosotros la vida de
oración y alabanza, “Pues,…nadie puede llamar
a Jesús SEÑOR sino es por el Espíritu Santo”. 1ª Cor. 12:3.
4°-ENTREGA PERSONAL. Esto implica, como ya dijimos, una
entrega total y decidida al Señor de cada área de nuestra vida: voluntad,
sentimientos, emociones, espíritu, mente y cuerpo; pasado, presente y futuro.
El Padre ha dado a Jesucristo su Hijo, todo poder y autoridad, constituyéndole
El SEÑOR de todo. Pues, teniendo la misma naturaleza que el Padre, se despojó
de Sí mismo, se humilló y se ofreció por nosotros a una horrenda muerte de cruz;
por ello, el Padre lo exaltó y le dio un nombre que está por sobre todo nombre,
para que al nombre de Jesús, toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y
en el abismo; y toda lengua proclame que “JESUCRISTO ES EL SEÑOR” para gloria
de Dios Padre. Fil.2:6-11.
Para ser salvos, pues, es
necesario creer en Jesús, y recibirle como
SEÑOR. “Si confiesas con tu boca que
JESUS es el SEÑOR, y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los
muertos, serás salvo”. Ro.10:9-10.
Tu, que lees este mensaje, si aún no has recibido a Cristo, te invito a
que lo hagas ahora mismo. ¡No arriesgues tu salvación! ¡Bendiciones!
Orfilia Miranda L