miércoles, 5 de abril de 2017

¿Por qué se llamaron cristianos?


Y se congregaron allí todo un año con la iglesia, y enseñaron a mucha gente; y a los discípulos se les llamó cristianos por primera vez en Antioquia.” Hechos 11:26

Es bien claro que se les llamó cristianos porque eran seguidores de CRISTO; y creo que hoy en día deberíamos seguir llamándonos de la misma manera, puesto que eso es lo que somos: seguidores de Cristo el Señor, y no de hombres.
Sin embargo, con el pasar del tiempo, hoy escuchamos con frecuencia decir: yo soy “menonita”, yo soy “bautista”, yo soy “pentecostal”, yo soy de aquí, yo soy de allí; pero realmente, ¿Somos todos cristianos?
Existen pues, cantidad de denominaciones cristianas que tristemente no creen en lo mismo, y tienen distintas reglas y mandamientos como resultado de la interpretación acomodada de las escrituras, y asimismo se dan rivalidades entre congregaciones. Lo vemos nada más cuando un miembro abandona una congregación y se pasa a otra; no lo vuelven a saludar y dejan de hablarle. Lo ven como rival o enemigo. Estos se han hecho seguidores incondicionales de líderes y no de Cristo. Si siguieran a Cristo obedecerían su Palabra: “Esto os mando: Que os améis unos a otros.” Jn.15:17. Pero vemos que el “amor” es lo que menos los distingue.

Podemos caer también en la religiosidad: que consiste en la observancia estricta de normas, o de los mandamientos al estilo fariseo, pero a nuestra manera sin negarnos a nosotros mismos, apegados a todas las cosas materiales. La mejor ilustración que tenemos de esto, es el joven rico del evangelio: Lucas 18:18-23. 
En el momento el joven rico parecía estar dispuesto a seguir a Jesús. Quizás él creía que seguir a Jesús iba a ser algo muy fácil, jamás pensó que seguirlo implicaría tener que negarse a sí mismo y a sus comodidades.
Cuando Jesús le nombra los mandamientos no hay problema, él simplemente los ha guardado todos, pero cuando Jesús le dice que le falta algo más, v 22, en este momento se le acaba de plantear un camino más difícil, como es el de pasar todas sus riquezas a un segundo plano por una causa mayor: la de seguir a Cristo, ser Cristiano.
Para este joven tan rico no era nada fácil desprenderse del materialismo en que estaba acostumbrado a vivir para seguir a Cristo, y decide mejor no seguirlo. 

Este joven era una persona buena, pero su corazón estaba ocupado en otras cosas; no había entendido el reino de Dios, el Señorío de Cristo en su vida.

Es muy fácil entonces decir: “Soy cristiano”, llevar el apellido, pero no es lo mismo demostrar con nuestra vida que realmente somos cristianos y estamos dispuestos a sacrificar algo por seguir al Señor.
Al joven rico le fue muy difícil negar sus lujos y riquezas por una causa mayor como ya dijimos, la de seguir a Cristo. Para él sus riquezas, el lujo y comodidades que estas le proporcionaban, estaban primero en su vida, y aunque quería seguir a Cristo, no fue capaz de renunciar a ellas y se marchó triste.
¡Los cristianos de hoy y las congregaciones tienen también muchas cosas más importantes en su vida que el mismo Cristo! Para unos es el fútbol, para otros una película, la TV, ganar más dinero, la diversión y los amigos que se les convierten en el centro de su vida y no Cristo. 

Nos cuesta ordenar las prioridades, Cristo debe ser siempre el centro y después todo lo demás.

Los primeros cristianos pagaron un precio muy alto por llamarse cristianos. Pasaron toda clase de sufrimientos, cárcel, azotes, torturas y hasta la muerte por llevar este nombre; pero en vez de desanimarse, en Cristo cada día cobraban valor. 

Los cristianos estamos llamados a mostrar a Cristo en nuestras vidas.
Ser “cristianos” no es un apellido para ostentar solamente, a veces hay que pagar el precio de ser diferentes, de ir en contra vía del mundo y mostrar una vida moldeada por aquel que nos amó.
Ser cristianos es tener muchas veces que decir NO a muchas cosas cuando todos dicen sí.
Ser cristiano, es seguir las pisadas del Maestro; pero nuestra situación hoy es peor que la del joven rico.
Muchos predicadores no le están diciendo a las personas que deben negarse en todo el sentido de la palabra negar; le están diciendo a la gente que si aceptan a Jesús, sus negocios serán prósperos y tendrán mejor vida. ¡No!
Los predicadores no hemos sido llamados a anunciar prosperidad y buena vida a los que reciban a Cristo, y sanidad en todas las enfermedades. No. Hemos sido llamados a anunciarles a las personas el poder del evangelio.
¡Sí, amado lector, a eso hemos sido llamados! ¡A proclamar las buenas nuevas de la salvación!

Todo profeta que diga que predica la verdad, si no cumple y vive conforme a lo que enseña es un falso profeta.
Todo profeta que anuncia el evangelio suavizado, adulterado, o anuncia un evangelio distinto, es un falso profeta.

Tenemos un gran desafío de ser verdaderos cristianos, y hacerle entender a los hombres que el cristianismo no es fama ni riquezas; ser cristiano, es vivir una vida para Cristo, hasta el punto de estar dispuestos a sufrir el desprecio y la burla por Él, por ponerle en el centro y lo principal en nuestras vidas.
Amados lectores, hagamos un alto y revisemos nuestro corazón:

¿Soy cristiano o cristiana realmente?...
¿Sigo a Cristo sinceramente como él me lo pide?
¿Mi corazón está desprendido de todo materialismo y le pertenece totalmente al Señor?...
¿Sigo y sirvo al CRISTO vivo de la biblia, o al cristo de madera clavado en la cruz?

Reflexionemos en esto. Espero que les sea de bendición.

Orfilia Miranda Londoño

jueves, 9 de marzo de 2017

¿QUÉ ES EL PECADO?

Hace algunos días, le hablaba a una persona sobre el pecado y la salvación; después de varios cuestionamientos me dijo: “Yo no soy una persona mala, no mato, no robo, no adultero, no miento y le hago bien a la gente; ¿De qué me tengo que arrepentir? yo no tengo pecados.”

¿Entonces, Qué es el pecado?
El Diccionario define el pecado como: Pensamiento, palabra o acción que, en una determinada religión, se considera que va contra la voluntad de Dios o los preceptos de esa religión.
Bíblicamente, pecado es: Culpa, Iniquidad, Maldad, Malo, Ofensa, Prevaricación, Transgresión.
El mundo en que vivimos con sus avances tecnológicos, ha evolucionado vertiginosamente y ha cambiado el concepto de pecado y se enreda con frecuencia en discusiones legalistas sobre el bien y el mal. Con tanta libertad de pensamiento, lo que para unos es malo, para otros no; pero esto no quiere decir que Dios haya cambiado las normas.

Cuando muchos de nosotros pensamos, ¿Qué es el pecado?, inmediatamente pensamos en la violación a los Diez Mandamientos. Incluso, hemos establecemos categorías de pecados graves y más leves; consideramos el asesinato y el adulterio como pecados más graves comparados con mentir, maldecir, palabras vulgares o la idolatría. Pero no nos engañemos, pecado es todo aquello que Dios aborrece y le abomina, aunque por la sociedad sea aceptado como normal; es el caso del adulterio, fornicación, borracheras, homosexualismo y lesbianismo, frente a la mentira, idolatría, robos menores, etc. que son aceptados por la sociedad. Dicha aceptación social, no significa que Dios haya bajado el estándar moral de santidad, sino más bien que la sociedad se ha ido degradando en la medida que se aleja de Dios su creador.
Pero la verdad es que el pecado, como se define en las traducciones originales de la Biblia, significa perder el camino. Desviarse por camino de perdición.
El camino, en este caso, es el estándar de perfección establecido por Dios y enseñado por Jesús para que andemos en el. Jesús vino a darnos ejemplo de vida.
Bajo esa luz, queda claro que todos somos pecadores: Romanos 3:23: porque  todos pecaron,  y están destituidos de la gloria de Dios, desde la caída todos nacemos con tendencia al mal. Haciendo esta claridad, por ser creyentes no es bueno compararnos con otros. No podemos pensar que no fracasaríamos al tratar de ser justos en nuestras propias fuerzas. Así lo planeó Dios, porque solo cuando entendemos nuestra debilidad, es cuando buscamos apoyarnos en el sacrificio expiatorio de Cristo.

El pecado está referenciado cientos de veces en la Biblia, comenzando con el pecado original, cuando Adán y Eva decidieron morder el fruto del árbol del conocimiento.
Cuando pensamos en el pecado, casi siempre, pensamos que es simplemente la violación o desobediencia de cualquiera de las leyes de Dios, de los Diez Mandamientos. Sin embargo, Pablo coloca esta perspectiva en Romanos 3.20, cuando dice: Por tanto, nadie será justificado en presencia de Dios por hacer las obras que exige la ley; más bien, mediante la ley tenemos conciencia del pecado.
Dios quiere pues, que los hombres reconozcan sus pecados delante de él; incluso aquellos que sienten que no son tan malos porque no han matado, violado o cometido adulterio, se encontrarían culpables de mentir o de adorar a ídolos falsos quitando a Dios del primer lugar en sus vidas.

Tristemente, el pecado en cualquier dimensión, nos distancia de Dios:
Pero la mano del Señor no es corta para salvar, ni es sordo su oído para oír, dice Isaías 59:1-2. Son las iniquidades de ustedes las que los separan de su Dios y le hacen ocultar su rostro para no escuchar. Este capítulo 59 del 1 al 13, nos ilustra muy bien qué es el pecado y las consecuencias que trae: separarnos de Dios. Y una persona alejada de Dios está expuesta a cometer toda clase de delitos y perversidades. Es como alguien sin defensas expuesto a toda clase de gérmenes y bacterias.
Pero volvamos al V.1, ¡Qué maravillosa es la misericordia de Dios, dispuesta en todo momento para salvarnos! Ese es el amor del Padre, dispuesto a perdonar a todo aquel que busque al Señor y venga al arrepentimiento.

Por cuanto todos somos pecadores, debemos entonces, resistir la tentación de actuar como si fuéramos justos y creyendo que somos mejores que los demás, apoyándonos en nuestras buenas obras. Hacemos buenas obras porque somos salvados; no hacemos obras para salvarnos, no sirven.
Si decimos que no tenemos pecado,  nos engañamos a nosotros mismos,  y la verdad no está en
nosotros. Si confesamos nuestros pecados,  él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados,  y
limpiarnos de toda maldad.1ª Juan 1:8-9.
Esta es la buena noticia de este mensaje: que si reconocemos que somos pecadores y necesitados de su gracia, y venimos a él arrepentidos, él nos perdona, nos transforma y nos da vida eterna.


Dios les bendiga.


Orfilia Miranda L.

martes, 31 de enero de 2017

Una oración efectiva

La oración es una práctica que no debe faltar en la vida de ningún creyente; pero, ¿qué pasa cuando algunos se quejan de que oran mucho y pareciera que Dios no escucha sus oraciones?
¿Estamos orando como a Dios le agrada? ¿Enseña la biblia cómo orar?

Sí. En la biblia encontramos varios textos que nos ilustran sobre  este tema; pero para esta reflexión tomaremos específicamente el libro de Nehemías 1:1-11.
El libro de Nehemías es un buen manual que nos enseña cómo orar por nuestras necesidades personales, familiares y las de la iglesia de manera efectiva, aunque nuestras circunstancias sean diferentes hoy a las de Nehemías en su tiempo.

Neh.1:1-4 “….Aconteció en el mes de Quisleu, en el año veinte, estando yo en Susa, capital del reino, 2 que vino Hanani, uno de mis hermanos, con algunos varones de Judá, y les pregunté por los judíos que habían escapado, que habían quedado de la cautividad, y por Jerusalén. 3 Y me dijeron: El remanente, los que quedaron de la cautividad, allí en la provincia, están en gran mal y afrenta, y el muro de Jerusalén derribado, y sus puertas quemadas a fuego.4 Cuando oí estas palabras me senté y lloré, e hice duelo por algunos días, y ayuné y oré delante del Dios de los cielos.
En este texto vemos primeramente la actitud que Nehemías tuvo hacia Dios, hacia su pueblo y hacia sí mismo, y la petición que hizo al Señor.
Al oír la noticia, el primer momento fue de sacudida, de conmoción, de tristeza y de llanto; pero luego viene la reacción, hay que ponerse en pie y empezar a actuar:

Primero, busca la presencia de Dios; es lo que debemos hacer siempre ante cualquier problema, por grave y difícil que este sea. Buscar la dirección de Dios es siempre lo primero antes de tomar cualquier decisión.
Neh.1:4 “…, y ayuné y oré delante del Dios de los cielos.”

Segundo: A Dios no se llega con altivez ni arrogancia, ordenándole que haga, o decretando lo que yo quiero que Dios haga. No, venimos con humildad, rendidos a él en ayuno y oración como lo hizo Nehemías.
Neh.1:5-7 Y dije: Te ruego, oh Jehová, Dios de los cielos, fuerte, grande y temible, que guarda el pacto y la misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos; 6 esté ahora atento tu oído y abiertos tus ojos para oír la oración de tu siervo, que hago ahora delante de ti día y noche, por los hijos de Israel tus siervos; y confieso los pecados de los hijos de Israel que hemos cometido contra ti; sí, yo y la casa de mi padre hemos pecado. 7 En extremo nos hemos corrompido contra ti, y no hemos guardado los mandamientos, estatutos y preceptos que diste a Moisés tu siervo.

Esta oración contiene varios elementos fundamentales que debemos tener en cuenta a la hora de presentar nuestras peticiones a Dios:

*Empezar reconociendo la grandeza de Dios y su soberanía, v. 5 Te ruego, oh Jehová, Dios de los cielos, fuerte, grande y temible…”

*Reconocer que Dios es fiel en guardar el pacto y la misericordia a los que le aman y le obedecen: v.5 “…que guarda el pacto y la misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos

*Pedir a Dios que esté atento su oído y abiertos sus ojos para atender y escuchar nuestras oraciones, sabiendo que él es fiel a sus promesas, v.6 esté ahora atento tu oído y abiertos tus ojos para oír la oración de tu siervo, que hago ahora delante de ti día y noche, por los hijos de Israel tus siervos; y confieso los pecados de los hijos de Israel que hemos cometido contra ti; sí, yo y la casa de mi padre hemos pecado.” Nehemías se sitúa delante de Dios en condición de “siervo” y de hombre pecador, al suplicar el favor de Dios para su pueblo.

*Interceder por nuestros hermanos, sabiendo y creyendo que Dios responde a las oraciones de sus hijos, v. 6 Que hago ahora delante de ti día y noche, por los hijos de Israel tus siervos”. Líderes o no, todos estamos llamados a clamar a Dios por la iglesia, por sus necesidades, por los enfermos, por el crecimiento espiritual y santidad de la congregación. Una iglesia sin santidad, es como una ciudad con los muros derribados, expuesta a ser atacada y saqueada por sus enemigos.

*Nuestra oración debe hacerse siempre con corazón limpio: 
6 Y confieso los pecados de los hijos de Israel que hemos cometido contra ti; sí, yo y la casa de mi padre hemos pecado.”
No podemos dirigirnos a Dios con un corazón lleno de pecado; el pecado sabemos, nos aparta de Dios y rompe nuestra relación con él.
Una manera de hacer que Dios responda nuestras oraciones, es acercarnos a él con corazón arrepentido. Y aquí quiero dejar bien claro, Dios escucha todas las oraciones y las conoce antes de que se las formulemos, Sal. 139:4, pero no todas las responde. Dios no responde la oración de alguien que no está dispuesto a dejar el pecado, veamos Isa 1:15 “Cuando extendáis vuestras manos, yo esconderé de vosotros mis ojos; asimismo cuando multipliquéis la oración  yo no oiré;es decir, Yo no les prestaré atención; porque el pecado nos convierte en enemigos de Dios. Y Nehemías tenía muy claro esto, por eso él pide perdón por sus propios pecados y los del pueblo.
Más adelante el libro de Nehemías nos muestra cómo Dios respondió su oración, y lo ayudó de manera formidable poniendo personas poderosas a su favor para que lo ayudaran.


Para una oración efectiva entonces, no olvidemos:
-Interceder con humildad y reverencia a Dios, reconociendo su grandeza y respetando su soberanía.
-Con confianza y corazón limpio, pidiendo perdón a Dios por el pecado.
-Finalmente, pedir a Dios que haga su voluntad divina por medio de nuestra vida de obediencia, y cuando obedecemos, Dios mismo hace que pidamos conforme a su propósito divino para que todas nuestras oraciones sean respondidas.
Hasta pronto, Dios les bendiga.                                          


Orfilia Miranda L.

viernes, 23 de diciembre de 2016

LA ORACIÓN MODERNA

Mateo 6:6-13
Cuando los discípulos le dijeron al Maestro, enséñanos a orar, él no se metió en una larga retórica de términos raros, extraños y autoritarios de exigencias a Dios como muchos lo hacen hoy día: Él les enseñó una oración sencilla, humilde y poderosa.
Les habló también de lo repugnante que era la oración de los hipócritas; cuando oren no se parezcan a ellos.
La oración moderna es muy parecida a la del tiempo de Jesús, en la gritería, la palabrería y la exigencia; es casi ordenándole a Dios que haga lo que le pedimos y se torna irreverente. 
Los Fariseos con sus oraciones públicas y limosnas buscaban más su exaltación personal que la de Dios.

En días pasados le escuché decir a un predicador esto: “En el Antiguo Testamento cuando Dios se movía, el pueblo se movía; hoy es al revés: Dios se mueve cuando el pueblo se mueve.” Y qué me dicen de esta otra frase: “Hay que actuar para activar el poder de Dios para que se mueva en favor nuestro.” Qué tal la irreverencia con el Señor Dios del universo, santísimo y soberano.

La oración moderna se ha salido del modelo bíblico:
Mat 6:6 Más tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.
Entra en recogimiento. El Señor nos dio ejemplo de ello; él siempre que iba a orar, se apartaba en soledad, lejos de la gente, del grupo y de toda distracción, y puesto en la presencia del Padre oraba.
En la oración, Jesús nunca le exigió al Padre; oró siempre con humildad y se sometió a su divina voluntad, como vemos que lo hizo en la oración del Huerto.
Mat 6:7Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos.
Mat 6:8 No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis.
Mat 6:9 Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.
Lo que vemos aquí en este versículo, es que toda oración debe ir precedida de exaltación y alabanza al Santo nombre de Dios. Que la oración es para los que son hijos; es la comunión con Dios de los que han creído en Cristo y le han recibido como SEÑOR, los que ya son hijos de Dios. Jn.1:12. ¿Cómo podrá decir, “Padre nuestro” un impío que no cree?

Sigamos analizando otros aspectos:
Primero: En cualquier oración, en primera instancia, debemos reconocer la Santidad de Dios, su Majestad y su poder, acercándonos a Él con confianza como nuestro Padre, pero también con respeto y reverencia por ser Él quien es.
Reiterarle que reconocemos su Soberanía y que estamos dispuestos en todo, a hacer Su voluntad aquí en la tierra como se hace en el cielo; puesto que la oración y todo lo que pedimos en ella, debe ser sometido al plan y propósito de Dios para nosotros, y para la honra y la gloria de Él. Mat 6:10 Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.

Segundo: Confianza Jesús nos enseña a vivir confiadamente en la bondad del Padre cada día, sin dejarnos sofocar por las dificultades y los problemas que puedan venir mañana.
Mat. 6:11 “El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Dios cada día suple cada necesidad, Él sabe de qué tenemos necesidad y nos suple antes que se lo pidamos.

Mat 6:12 Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.
Este último punto es muy importante y el más difícil: cuando pedimos perdón a Dios, queremos ser perdonados para sentirnos en gracia con Él; pero qué difícil es perdonar a los que nos ofenden. Cuando recibimos una ofensa nos disgustamos mucho, nos ofendemos tanto con el otro, que hasta dejamos de hablarle y saludarle. De buenas a primeras no olvidamos la ofensa, y cada que lo recordamos volvemos a sentir el mismo malestar, y así la persona nos haya pedido disculpas, nuestra relación con ella ya no vuelve a ser la misma. Y tristemente aún entre cristianos se da esto.
Cuando decimos: perdónanos nuestras deudas u ofensas de la misma manera que nosotros perdonamos a los que nos ofenden, nos estamos comprometiendo a ser misericordiosos también, y es una exigencia, pues delante de Dios estamos en la misma condición de necesitados de la gracia y el perdón.

Mat 6:13 Y no nos metas en tentación, más líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén.
Dios no tienta a nadie, pero sí puede permitir la prueba y quedar expuestos a los ataque de Satanás, como le ocurrió a Pedro, Luc.22:31-32.
Nuestra petición debe ser para que el Señor nos ayude a mantenernos alejados del pecado. Y Dios que conoce nuestra condición, no va a permitir que seamos tentados más allá de lo que podamos soportar.

Hasta pronto, Dios les bendiga.

Orfilia Miranda Londoño



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viernes, 2 de diciembre de 2016

CRISTO ES LA CABEZA Efesios 5:22-33


Viendo la crisis matrimonial del momento, y esto entre los mismos cristianos, me parece oportuno compartirles este estudio del Pastor John Abels:

Terminamos el estudio del v.21, "someteos unos a otros en el temor de Dios." Esta es la norma de cada familia cristiana y la exhortación tiene que ver con esposos y esposas, padres e hijos, y aun entre siervos y sus amos.
Este es el principio de la sumisión mutua basado en la reverencia que se le debe a Cristo.

La verdad es que el deterioro de la familia y el fracaso básico del hogar no consiste en dejar de vivir conforme a una norma aceptada, sino más bien en dejar de mantener la norma con claridad.

Hoy trataremos solamente con los deberes del esposo y de la esposa.

Después de que Pablo dio esta exhortación general en el v.21, él pasa específicamente en los vv. 22-24 a indicar que las esposas se deben sujetar a sus esposos. Dice la escritura: "Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo."

Estos versos no sugieren que la esposa debe renunciar a su identidad para sujetarse. Al contrario, cuando se somete, se vuelve más completa que antes. Dios hizo al hombre y la mujer para que funcionaran como las dos caras de una moneda. Ninguno de los dos está completo sin el otro. Cuando sirven juntos a Dios y a los hombres y dan ambos lo mejor de sí mismos, entonces la esposa desarrolla sus habilidades a lo máximo, no solamente en el hogar sino también en cualquier otro lugar.

En esta instrucción a las esposas cristianas sobre estar sumisas a sus esposos, Pablo concuerda con la enseñanza uniforme de las Escrituras. 1 Pedro 3:1 dice, "Asimismo vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos; para que también los que no creen a la palabra, sean ganados sin palabra por la conducta de sus esposas."
En los siguientes versos Pablo explica el porqué.

Esta exhortación no lleva ningún desprecio para las mujeres. No hay ninguna insinuación de inferioridad. Las esposas pueden igualar, y muchas veces, superar a sus esposos en inteligencia, valor, espiritualidad, discernimiento moral, discreción y en mil otras maneras. Pero, en cuanto a autoridad y posición en el hogar, la Biblia es absolutamente clara: la esposa está sujeta a su marido.

El mero sentido del v.22 es: "Someteos a vuestros maridos como en un acto de sumisión al Señor." Los vv. 23,24 lo explican. "Porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo."
Hay una mejor amplificación en 1 Corintios 11:2-16, y en v.3, en particular, "Pero quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo." La mujer cristiana no tiene más motivo para irritarse bajo esta sumisión a su esposo, de lo que tiene un cristiano en quejarse contra Cristo. La regla de un hogar cristiano es: tal como Cristo se sometió, voluntariamente al Padre, así el esposo tiene que someterse, voluntariamente a Cristo. Y la esposa, siendo la compañera de su esposo, también se somete voluntariamente a su autoridad, que él ha ejercitado en amor. Y no conozco a ninguna mujer en el mundo que no se sometería a esa clase de autoridad.
Y, dice en Efesios 5:25, "Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella." Y un hombre que no puede ejercitar esa clase de amor no debe casarse.
El hombre cristiano que sabe gobernar su hogar por el amor de Dios, por medio de una sumisión sacrificada al Señor, es el hombre que va a ser el esposo perfecto.
Y la mujer que no puede someterse a tal clase de autoridad no debe casarse. 1 Corintios 11:3, "Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo." En resumen de esta parte del estudio, aquí está la base para un hogar cristiano: Dios es la cabeza de Cristo, igual en comunión, igual en carácter, y en servicio, pero Cristo sometido al propósito del Dios Padre. Y Cristo es la cabeza del hombre, somos uno en carácter y en propósito pero sometidos a la voluntad de Dios en Cristo.
El esposo es cabeza de su esposa en un hogar cristiano; sin embargo, son uno, porque la mujer fue tomada del hombre: Uno en vida, uno en compañerismo, uno en carácter, pero siempre sumisos a la voluntad de Dios. Este es el principio bíblico, la lección del hogar cristiano.

V.25, "Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se entregó a si mismo por ella."
Ser cabeza, no debe entenderse como gritar, golpear, maltratar, manipular, humillar y esclavizar.
El amor implica sacrificios, renuncias y hasta actos heroicos por la persona amada.
Jesús demostró su amor por su esposa, la iglesia, cuando dio su vida por ella. El mismo lo había dicho en Juan 15:13, "Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos."
De nuevo Cristo manifestó ese amor cuando santificó a la iglesia, separándola y dedicándola al más noble ministerio. La razón porque lo hizo se encuentra en el verso 27, "a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha."

Este verso explica el propósito final de Cristo para la iglesia. Una mancha es algo salpicado encima desde fuera: "Arruga" sería una imperfección en su propio cuerpo.
El mundo alrededor de la iglesia causa las manchas; la carne que está todavía en la iglesia causa las arrugas. Pero cuando Cristo venga otra vez, la iglesia será consagrada y sin defecto.

V.28, "Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama."
En este verso Pablo extrae la conclusión de su ilustración. Los maridos deben amar a sus esposas como a sus propios cuerpos. Como la Iglesia es el cuerpo de Cristo, así la esposa se considera aquí como el cuerpo de su marido porque los dos ya son UNO.

La frase, "como a sus mismos cuerpos:" no significa que los hombres deben amar a sus esposas como si fuesen sus mismos cuerpos. En la analogía de Cristo y la Iglesia, Cristo ama a la Iglesia como constituyendo su cuerpo. El marido debe hacer lo mismo. El esposo y la esposa son partes complementarias de una sola personalidad. El verso no indica la medida del amor del esposo; más bien, indica la naturaleza especial de esta relación que es la causa de su amor. Ama a su esposa porque ella es su cuerpo.

Ya que la mujer es una sola carne con su marido, y así es considerada como su cuerpo, ella ha de ser sustentada y protegida. La lógica del apóstol se basa en que nadie ha odiado jamás su propio cuerpo, sino que busca lo necesario para sustentarlo. Le consigue alimento, ropa, y asilo. Aprecia su cuerpo, lo considera de gran valor, y por eso, lo cuida amorosamente. Cristo hace lo mismo con la Iglesia, y es también lo que el esposo fiel hará por su esposa.

Que un hombre golpee, insulte, o humille a su esposa es algo incomprensible, y muy ajeno al tipo de hogar que Dios requiere de sus hijos. Para el esposo, golpear a su esposa debería ser algo tan increíble como quebrarse uno sus propios brazos, y la idea de separarse de ella sería igualmente incomprensible.

Dice la Palabra de Dios, "El que ama a su mujer, a sí mismo se ama, (v.29) porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia."

Para dar base a esta enseñanza, Pablo cita Génesis 2:24 en el v.31, "Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne."
La cita explica que Dios creó al hombre y a la mujer a fin de establecer en el matrimonio la más íntima de las relaciones humanas. Antes de casarse uno, sus lazos más íntimos son los que tiene con sus padres. Pero, al casarse, no cabe duda de que el lazo más íntimo y fuerte tiene que ser con su cónyuge.
Aquí vemos que la unión sexual une a marido y mujer como una sola carne en la forma más íntima. No obstante, este es meramente el aspecto físico de esta unión, y hay muchas otras maneras en que la relación matrimonial establece el más fuerte y duradero de los lazos humanos.
Por muy tiernamente que uno ame y respete a sus padres, el matrimonio crea una lealtad nueva y superior que reemplaza a la anterior. Los novios tienen que reconocer esto y estar dispuestos a dejar padre y madre. Hasta que no estén preparados para hacer esto, no están preparados para el matrimonio. Y quisiera añadir, cualquier cosa que rompa esta unión matrimonial es una violación de la intención de Dios desde la creación.

Vv. 32,33, "Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la iglesia. Por lo demás, cada uno de vosotros ame también a su mujer como a sí mismo; y la mujer respete a su marido."

El misterio, o la verdad espiritual, se refieren a la unión de Cristo con la iglesia; no es el matrimonio, sino esa unión, lo que Pablo llama un misterio. Es la semejanza de la unión conyugal con esta relación espiritual, lo que le da al matrimonio su más profundo significado. Pablo quiere que los esposos lleguen al ejemplo de Cristo en cuanto al amor y quiere que las esposas tengan la misma clase de devoción.

El versículo 33 concluye esta discusión de Pablo sobre el matrimonio, y llama la atención al punto principal. Pudiéramos traducirla en esta manera. "En todo caso, cada uno de vosotros debe amar a su esposa como a sí mismo, y la esposa debe reverenciar a su esposo." El deber de la esposa es respetar; el deber del esposo es hacerse merecedor de ese respeto.

La norma de un cristiano es Cristo y debemos seguir Su ejemplo. El mismo dijo en Juan 14:15, "Si me amáis, guardad mis mandamientos." Tenemos que someternos, voluntariamente, a Cristo: primero en la salvación, y en seguida, en la sumisión.

Si aún no eres cristiano, claro, sería imposible cumplir con esta enseñanza. Para tener un hogar lleno de gozo se necesita tener como el centro, como el fundamento, a Cristo Jesús.

Pero, tampoco puedes esperar tener gozo y paz en tu hogar cristiano si no te has sometido totalmente a las enseñanzas del Espíritu de Dios. Necesitamos ser controlados por él, y entonces, Él nos dará la capacidad de tener un hogar de gozo y paz.

Quiero invitarte a recibir a Cristo como tu Salvador personal, o si ya lo has recibido, quizá querrás hacer votos de una sumisión completa.

Pastor John Abels.

Adaptado por Orfilia Miranda L. 

“EL TESTIMONIO DE VERDAD”

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