lunes, 30 de abril de 2012

PERMANECER Y PERSEVERAR EN CRISTO

En mensajes anteriores, hablamos de las terribles consecuencias que produjo el pecado en el mundo y de la provisión salvadora de Dios: Cristo. Y que  para obtener la salvación, tenemos que arrepentirnos del pecado y aceptar a JESÚS como SEÑOR y SALVADOR de nuestras vidas; y decíamos que para este proceso, Dios nos ofrece el regalo del Espíritu Santo; y vimos también la VIDA NUEVA del creyente en el Espíritu Santo.
Hoy traemos un tema muy interesante sobre los medios por los cuales podamos PERMANECER y PERSEVERAR en esta experiencia maravillosa con el Señor, puesto que la vida cristiana no es para vivirla solamente en el plano de los sentimientos y de las emociones, sino que tenemos que avanzar en fe, respondiendo de la mejor manera al llamado que el Señor nos hace a vivir una vida santa. 
El nos llama a buscar primero su Reino y su Justicia y todo lo demás nos lo dará como añadidura. Mat.6: 33.
Es pues, nuestra responsabilidad, el que este proceso de crecimiento espiritual, que un día comenzamos, continúe en nosotros, y por eso la importancia de que nos formemos en el conocimiento del Señor a través de su Palabra, y que el conocimiento de la misma, desarrolle en nosotros una fe madura y firme, que en el momento de la prueba y cuando nos falten las emociones y nos llegue el desaliento, nos podamos sostener sin volver atrás a la vida de pecado. Una fe madura que nos mantenga con la mirada puesta en Cristo y no en ningún hombre. Los hombres nos pueden fallar pero el Señor no.
Si continuamos en esta disposición, el Señor seguirá sanando nuestro espíritu, mente y cuerpo; seguirá transformándonos y el fruto y los dones del Espíritu Santo, no tardarán en manifestarse en nuestras vidas. 
El proceso del crecimiento espiritual puede ser largo, pero hay que esforzarse en buscar los medios que nos ayuden a permanecer y perseverar en Cristo. Jn.Cap.15.
Así que, amado lector, no hay otra forma de dar buenos frutos y de "permanecer y perseverar" en la vida cristiana, si no estamos unidos a Cristo, el tallo principal de donde recibimos la savia divina de la gracia, que nos nutre espiritualmente. Jn.15:4-6.
Además de la exigencia de permanecer unidos a Cristo, la vida nueva del cristiano tiene que apoyarse en cuatro pilares básicos o fundamentales, que son medios que el Señor nos da para permanecer y perseverar en la vida abundante que él nos ofrece.

1- ORACIÓN: Es la vía de comunicación directa, personal e íntima con el Señor. Debemos anhelar cada día esos encuentros con el Amado, para hablarle a Él y escucharle. Esto nos exige apartarnos un poco del ruido del mundo y sus distracciones y hacer un espacio diariamente para la oración profunda y sosegada. 
Muchos cristianos sacan tiempo para ir al cine y al fútbol, ver televisión y navegar por Internet hasta cuatro y más horas diarias, pero es difícil que puedan dedicar tiempo para la oración. 
Haciendo esto, estamos poniendo otras cosas en primer lugar antes que a Dios, y no estamos obedeciendo el principal mandamiento, que es “Amar a Dios sobre todas las cosas” y este es un pecado grave de idolatría. 
Se trata pues, de manejar bien el tiempo y darle a Dios el primer lugar en todo lo que hagamos. De otro modo no podemos profundizar en nuestra relación con el Señor. 
 
2- PALABRA: El estudio diario de la Palabra, nos permite conocer mejor a Dios y en la medida que le conocemos y nos damos cuenta cuánto nos ama, le amamos más, nos enamoramos más de Él; podemos entender que El nos amó primero, que El nos eligió, no nosotros a Él. 
Es a través de la Palabra que el Señor se sigue revelando al creyente. En ella encontramos los mandamientos y consejos que Dios escribió para nosotros. Allí encontramos las instrucciones para llevar una vida santa de acuerdo con el propósito que él tiene. Debemos ser unos enamorados de la Palabra del Señor.

3- SANTIDAD: Mantener la santidad, implica apartarnos del pecado en todas sus formas y guardarnos para el Señor, puesto que, sólo a él le pertenecemos cuando aceptamos su SEÑORÍO. Y si bien es cierto, que estamos en el mundo físico, no pertenecemos a su sistema libertino y perverso, por eso, el  mundo nos aborrece. Jn. 15:18-19. 
Apartarse del mundo entonces, no significa esconderse y no volver a salir a la calle; es guardarse de todo lo que el mundo me ofrece y que con ello me pueda llevar de nuevo al  pecado, o distraerme de la comunión con el Señor. Hay muchas cosas de las que el mundo ofrece, que en sí, no son ni buenas ni malas, pero nos distraen y nos enfrían en la vida espiritual; impiden que demos fruto y que se manifiesten en nosotros los dones espirituales, y entonces, nos convertimos en cristianos tibios y mediocres: “cristianos domingueros.” No debemos pues, tener amistad ni coqueteos con el mundo, porque nos hacemos enemigos de Dios, dice la Palabra en Santiago 4: 4.
 
4-CONGREGACIÓN: Sin congregarse el cristiano no puede mantenerse fervoroso por mucho tiempo; se enfría y muere espiritualmente. Cuántos hay que un día recibieron al Señor con mucha alegría y gozo, pero no volvieron a congregarse, se apartaron y se apagaron y volvieron a ser arrastrados por los atractivos del mundo. 
La vida cristiana se vive en comunidad; el congregarnos nos mantiene vivos, crecemos, nos fortalecemos y nos animamos unos a otros a permanecer y a seguir perseverando en el Señor. 
La congregación es para compartir, celebrar, orar, crecer, alabar y adorar juntos al Señor. Nos gozamos, lloramos con el que llora, estudiamos la Palabra, intercedemos los unos por los otros y nos animamos cuando estamos desanimados. Congregados formamos la iglesia, somos el pueblo escogido de Dios

Revisemos pues, si nuestra vida cristiana está afirmada sobre estos cuatro pilares: ORACIÓN, PALABRA, SANTIDAD y CONGREGACIÓN.
Sólo así podemos PERMANECER y PERSEVERAR en Cristo.   ¡Bendiciones!   
                                                                                                                           Orfilia Miranda L.



La vida nueva en el Espíritu Santo


Cuando somos llenos del Espíritu Santo, se produce en nosotros una transformación asombrosa y experimentamos una vida nueva, veamos:
1- Comienzas a conocer a Dios: ¿Quién en estos tiempos no ha oído hablar de Dios? creo que todos en teoría; con frecuencia escuchamos a la gente decir, Dios le bendiga o Dios le acompañe, sin saber mucho el sentido de lo que se dice y sin que esto signifique que llevan una vida recta delante de Dios. 
Pero cuando recibes al Espíritu Santo, es diferente: empiezas a experimentar la presencia y el amor de Dios en tu vida de una manera diferente como le pasó Job 42:5: De oídas te había oído; Mas ahora mis ojos te ven. Aunque Job era recto y temeroso de Dios, pero no había tenido una experiencia real con él.
Cuando somos llenos del Espíritu Santo, Dios se convierte en una realidad en nuestra vida y se establece una relación y una comunión estrechas con El, pues el Espíritu Santo, es el que inspira y guía a los que se abren con corazón dispuesto a su acción renovadora y santificadora.
2- La Palabra de Dios cobra sentido: Cuando somos llenos del Espíritu Santo, la Biblia que es la Palabra de Dios escrita, bajo la inspiración del mismo Espíritu, toma vida y significado en nuestras vidas, porque sólo el Espíritu Santo puede hacernos comprender y amar la Palabra que Él mismo inspiró; El pone en nosotros el deseo de vivir y actuar de acuerdo con Ella; renueva nuestra mente para pensar y sentir de acuerdo con la Palabra. Así, Cristo, que es la Palabra viva, viene a ser una persona real en nosotros. Pues lo que más desea el Espíritu Santo es que seamos transformados en Cristo, y en él, seamos hechos hijos de Dios el Padre, Rom. 8:14: “Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios.” En resumen, pone en nosotros un grande anhelo por conocer más y más de la Palabra.
 3- Oramos de una manera nueva: Cuando somos llenos del Espíritu Santo, oramos diferente, porque el mismo Espíritu ora en nosotros; Rom.8: 26. El Espíritu Santo nos da el don de alabanza, haciéndonos sentir el amor de Dios manifestándose en palabras, expresiones e himnos de adoración y gratitud. 
Sólo el Espíritu Santo hace real en nosotros esa alabanza que fluye del espíritu, como el salmista: “Alaba alma mía al Señor y todo mi ser bendiga su Santo Nombre.Sal.103:1. “Alabo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca” Sal.34:1
A algunos les es dado también la inspiración para componer y cantar salmos, que son himnos de alabanza y adoración con armonía y belleza de los que habla el Sal.40:3, pone cántico nuevo en nuestra boca, de alabanza a nuestro Dios. Léase  1ª Corintios cap. 14.
4-Recibimos dones y ministerios: palabra de sabiduría, palabra de ciencia, fe, discernimiento, consejo, enseñanza y todos aquellos ministerios de servicio a la iglesia. 1ª Cor. 12:4-11.
5- Produce fruto en nosotros: Lo principal que produce el Espíritu Santo en nosotros cuando le recibimos y le entregamos el gobierno de nuestra vida, es el FRUTO. Contrario a los frutos de la carne como impíos: adulterios, fornicación, impurezas, vicios, idolatría, espiritismo, mentira, odios, pleitos, celos, iras, ambiciones, quejas, críticas, falsas doctrinas, envidias, crímenes, orgías, borracheras y cosas semejantes; El fruto que produce el Espíritu Santo en la vida del creyente es: “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio”. Gál. 5:19; 23.
Por tanto, por los frutos que mostramos podemos saber cuándo somos guiados por el Espíritu Santo, o por nuestros propios deseos carnales. 
El Espíritu Santo nos ayuda a vivir una vida con propósito y a caminar en la perfecta voluntad del Señor. Así, que sin el Espíritu Santo, en nuestras fuerzas, es imposible vivir en SANTIDAD y agradar a Dios. 
Si como creyentes, todavía estamos actuando y viviendo en la carne, es que el Espíritu Santo no está actuando en nosotros porque aún no le hemos hecho una entrega total. “Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de élRom.8:9.
El fruto principal que debe producir el creyente es el AMOR, y Pablo dice: “Busquen pues tener amor y al mismo tiempo deseen los demás dones espirituales,” 1ª Cor.14:1 y 1ª Cor.13:13.
No dejemos apagar el Espíritu. Después de recibir al Espíritu Santo, también lo podemos dejar apagar 1ªTes.5:19. Debemos cuidar y atesorar ese regalo de Dios; muchos cristianos reciben el Espíritu Santo con mucho entusiasmo y gozo, pero en poco tiempo lo dejan apagar por falta de oración, por no leer la Palabra de Dios, y falta de discipulado; y de nuevo vuelven a encontrarse vacíos, desanimados y llenos de amargura. Cuando dejamos apagar el Espíritu Santo, el creyente se enfría en la vida espiritual, se debilita, se aparta y vuelve al pecado.
El Señor quiere que recibamos el don del Espíritu Santo. Es una experiencia maravillosa, muy difícil de explicar a otros, porque es una vivencia personal, íntima entre el Espíritu Santo y el creyente. Dios quiere que seamos su habitación y darnos una vida abundante y gozosa. Solo con Él es posible vivir la vida nueva de SANTIDAD que Dios nos pide, y recordemos, que sin santidad nadie podrá ver a Dios.
Dios les bendiga.          Orfília Miranda L.
                                                                             

La promesa del Espíritu Santo

(Segunda parte)
Después que los discípulos de Jesús, recibieron el Espíritu Santo el día de Pentecostés, fueron transformados. Siendo que eran hombres sencillos, de poca instrucción y temerosos, ya no tenían temor. Pedro, que antes había negado a Jesús por miedo a los judíos, ahora, lleno del Espíritu Santo, habla con valentía y con poder de Jesús, delante de 3.000 judíos. Aclara a la multitud que ellos no están borrachos, como algunos están pensando; les dice que lo que está sucediendo es el implemento de la promesa de Dios; y citando la escritura, dice: esto es lo dicho por el Profeta Joel, 2:28-29: "Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días."
La promesa se ha cumplido entonces, así como lo anunció Jesús: el Espíritu Santo ha sido derramado en la iglesia.  
Pedro, inspirado por el Espíritu Santo, empieza a predicar sobre Jesús a la multitud, enseñándoles cuáles son las condiciones para obtener el perdón de los pecados y la nueva vida en Cristo, y les señala dos requisitos importantes para que ellos también puedan recibir el Espíritu Santo: Arrepentíos, y Bautícese cada uno en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el Espíritu Santo. Hch.2:38.  
Debemos recibir el Espíritu Santo, con un corazón dispuesto sin ponerle obstáculos, recibirlo por fe, dejando que él actúe y se manifieste en nuestra vida. 
El Espíritu Santo, mis hermanos, es otra manifestación del grande amor misericordioso y eterno del Padre, del que habla Jeremías 31:3: “Con amor eterno te he amado; por eso te prolongué mi misericordia.” Solo por pura misericordia y amor, es que el Padre nos envía a su Hijo para darnos salvación y nos da su Espíritu para transformarnos. 
Si estamos dispuestos realmente a dejarnos transformar por el Espíritu Santo, permitamos que haga en nosotros lo que tiene qué hacer; que cambie lo que tenga que cambiar; que nos limpie del pecado y enderece nuestros pasos.
Si usted, amado lector, no ha dado este paso de la conversión, le invito a prepararse, con un arrepentimiento profundo y sincero de sus pecados, pidiéndole a Jesús que entre en su corazón, dígale que usted quiere que él tome el control de su vida y que le de la nueva vida en el Espíritu Santo. 
El Espíritu S. desea y anhela que le recibamos; El quiere santificarnos con su gracia y regalarnos sus dones. Si lo pedimos al Padre con profundo anhelo, él que lo prometió, nos lo dará. Sin la acción del Espíritu Santo en nosotros, es imposible tener una vida plena y renovada, no importa cuántos años llevemos en una iglesia.
No es el pastor, no son los hermanos, ni es el mucho tiempo de congregarnos, el que nos transforma en auténticos cristianos: es el Espíritu Santo, el que en la medida que nos disponemos y le abrimos nuestro corazón, nos hace criaturas nuevas en Cristo y por tanto, hijos de Dios y herederos del reino.
El creyente sin la presencia del Espíritu Santo, no tiene PODER para vencer el pecado, ni para hacer ninguna buena obra y dar testimonio de Cristo.
El Espíritu Santo es, pues, el accionar en la vida de la iglesia y de cada creyente en particular. 
Que Dios les bendiga. 
                                                                                      Afilia Miranda L.

lunes, 12 de marzo de 2012

LA PROMESA DEL ESPÍRITU SANTO


Después del hombre reconocer su pecado y saber que hay una provisión de salvación, Cristo, ahora se nos anuncia otro regalo: El regalo del Espíritu Santo. La gran promesa del Padre, para los creyentes, es que el Espíritu Santo viene a morar en nosotros para que podamos experimentar la nueva vida de hijos de Dios, que nos ha sido dada en Cristo.
Ya desde tiempos antiguos, los profetas por revelación divina, venían hablando del Espíritu Santo; y a lo largo del Antiguo Testamento, encontramos varias referencias en donde el Padre promete enviar el Espíritu Santo a su pueblo.
Antes del nacimiento de Cristo, el Espíritu Santo solo era dado a unos pocos, a aquellos a quienes Dios les encomendaba una misión especial, como los profetas, o a alguna persona, en un momento determinado.
 La promesa es, que en el tiempo, el Espíritu Santo será derramado sobre el pueblo para ser transformados, Ez. 36:25-27. El Señor quiere hacer de su pueblo personas nuevas con espíritu y corazón limpio, que le honren, le sirvan y le den la gloria solo a Él; personas con vida abundante, llenos de gozo, con un corazón limpio de toda idolatría, que caminen en sus estatutos. 
Isaías 32:15, registra la misma promesa, que el Espíritu de lo alto será derramado, y el desierto de nuestro corazón se convertirá en un campo fértil. 
La promesa es para todos, para hombres y mujeres, jóvenes, ancianos y niños: “Y Yo derramaré mi Espíritu sobre toda carne,” Joel 2:28-29. La promesa del Espíritu Santo es pues, para todos los que crean y reciban el Señorío de Jesús.
Y entonces, la promesa hecha por Dios desde el Antiguo Testamento, por medio de los profetas, acerca del Espíritu Santo, empieza a tener su pleno cumplimiento con la venida del Mesías: El Verbo de Dios, es encarnado por obra del Espíritu Santo mismo; y más adelante, Juan ya se refiere a Jesús, como “El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, y el que bautiza con el Espíritu Santo.Jn.1:29,33. Es decir, tras el Salvador, vendrá el Espíritu Santo afirmando la obra que Cristo hace en nosotros para que permanezca, porque la obra del Espíritu Santo en nosotros es sustentadora, transformadora y santificadora. Es el Espíritu Santo el que nos capacita para vivir la nueva vida en Cristo.
Al cumplirse el tiempo, es Jesús mismo, quien durante su ministerio anuncia a sus discípulos que cuando él se vaya enviará el Espíritu Santo de parte del Padre, para que permanezca con ellos: “Yo pediré al Padre y él les dará un Defensor que permanecerá con ustedes; El Espíritu de la Verdad.”Jn.14:16-17. Y esto es corroborado en el verso 26: “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, El os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que Yo os he dicho.” Así que, el Espíritu Santo, es nuestro Abogado Defensor, Consolador y Maestro; nos da sabiduría, nos llena de gozo y paz; nos revela la voluntad del Padre y nos guía a la vida eterna. Y vemos que cada vez hay más referencias a la promesa: Jn. 15:26-27; Mar. 1:8. 
Por último, después de haber padecido y resucitado Jesús, y antes de partir al Padre, vuelve a confirmarles la promesa a sus discípulos diciéndoles: He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto Lc.24:49. Y, Hechos 1:4-5, habla del bautismo que van a recibir en pocos días: “Juan bautizaba con agua, pero ustedes serán bautizados con el Espíritu Santo.”
Vemos, entonces, que en la medida que el tiempo pasa, se hace más insistente la promesa del Espíritu Santo, y se aproxima cada vez más su cumplimiento. 
Los discípulos y todos los que creyeron en Jesús, permanecieron en obediencia en Jerusalén, en oración y alabanza a Dios, gozosos, esperando el cumplimiento de tan anunciada promesa.
Y llegado el día de Pentecostés, como lo relata la biblia, la presencia del Espíritu Santo se manifiesta poderosamente sobre cada uno de los presentes, haciéndose realidad la promesa del Padre anunciada tantas veces y vemos cómo cambia la vida de los apóstoles. Hechos 2:2-4.  Dios les bendiga.    
 Orfilia Miranda L.

lunes, 5 de marzo de 2012

Reconociendo a Jesucristo como Señor


Antes de ser salvados, estábamos en el reino de las tinieblas, del pecado y de la muerte. Al ser salvos, somos rescatados, redimidos y libres; ahora le pertenecemos a Jesucristo, porque hemos sido comprados al precio de su sangre. Mas, ahora, pasamos de las tinieblas a la luz de Cristo; de la muerte eterna, a la vida abundante en Cristo. Ser salvos, es pasar del reino de Satanás, al reino de Dios y aceptar el SEÑORIO de Cristo en nuestras vidas, que es: Autoridad, Dominio, Poder y Potestad de Cristo sobre nosotros.
Al reconocer a Jesús como SEÑOR, le estamos diciendo que somos suyos, que le pertenecemos y estamos dispuestos a obedecerle.
Para que el Señorío de Cristo se instaure en nosotros debemos:
-RENUNCIAR A SATANAS: A todos sus engaños, y a todas sus obras: prácticas de magia, adivinación y hechicería; espiritismo, control mental, a toda religión e ideologías que abran las puertas a los espíritus malignos; debemos renunciar a todo aquello que nos aparte de la oración y la palabra; finalmente, debemos renunciar a todo aquello que, con apariencia de bueno, nos aparte de Dios, y nos pueda volver a llevar a la vida de pecado.
-RENUNCIAR A LA IDOLATRIA. Idolatría es todo aquello que le quite el primer lugar a Dios en nuestro corazón. Recordemos que el primer mandamiento es: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todas tus fuerzas y con todo tu ser.” Mar.12:29-30. Dios, es Dios celoso, que no comparte su gloria con nadie más. Ex.34:14.
Recordemos que el pueblo de Israel cayó en el pecado de la idolatría y esa desobediencia fue la causa de que no pudieran entrar en la tierra prometida.
-RENUNCIAR Al APEGO AL PECADO y a toda situación de pecado, pidiendo al Espíritu Santo que nos guíe a una conversión total, profunda, sincera, y verdadera, cediéndole todas las áreas de nuestra vida para que sean transformadas por el Espíritu Santo. No caigamos en la mentira de Satanás, que ya hoy al pecado no se le llama pecado, sino errores, imperfecciones humanas, y apoyados en esto nos damos licencia para pecar. Is.5:20 dice: ¡Hay de los que a lo malo le llaman bueno y a lo bueno le llaman malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz! 
Conversión es cambiar de actitud; dejar la vida de pecado y de malas costumbres que llevamos y volvernos al Señor; es cambiar de mentalidad, renovar nuestra mente, y eso incluye también un cambio exterior: la moda que usamos, la forma de vestir, cómo hablamos, cómo nos conducimos, las amistades y lugares que frecuentamos, todo esto habla de nuestro testimonio. Conversión es una transformación total del individuo, es decir, nos despojamos del viejo hombre, y nos revestimos de un hombre nuevo y una mujer nueva, Ef.4:22-24. “En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente,….” La conversión exige pues, un cambio total de la persona, un cambio en todas las áreas de su vida. No acepte la creencia de que no es necesario cambiar por fuera porque Dios solo mira el corazón. Sí, Dios mira la sinceridad del corazón, pero la transformación debe ser integral y nuestro aspecto exterior debe reflejar nuestra vida de santidad. La apariencia y el comportamiento de los creyentes, debe distinguirse en todo, de los impíos. No podemos andar como cristianos impíos, o como impíos que se dicen cristianos, haciendo que con nuestro mal testimonio otros blasfemen del evangelio del Señor.
Conversión es, entregarse a Dios y creer en Jesús, reconociéndole como el SEÑOR de nuestra vida, dándole libertad al Espíritu Santo para transformarnos y plantar en nosotros la vida de oración y alabanza, “Pues,…nadie puede llamar a Jesús SEÑOR sino es por el Espíritu Santo”. 1ª Cor. 12:3.
-ENTREGA PERSONAL. Esto implica, como ya dijimos, una entrega total y decidida al Señor de cada área de nuestra vida: voluntad, sentimientos, emociones, espíritu, mente y cuerpo; pasado, presente y futuro.
El Padre ha dado a Jesucristo su Hijo, todo poder y autoridad, constituyéndole El SEÑOR de todo. Pues, teniendo la misma naturaleza que el Padre, se despojó de Sí mismo, se humilló y se ofreció por nosotros a una horrenda muerte de cruz; por ello, el Padre lo exaltó y le dio un nombre que está por sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús, toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en el abismo; y toda lengua proclame que “JESUCRISTO ES EL SEÑOR” para gloria de Dios Padre. Fil.2:6-11.
Para ser salvos, pues, es necesario creer en Jesús, y recibirle como SEÑOR. “Si confiesas con tu boca que JESUS es el SEÑOR, y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo”. Ro.10:9-10.
Tu, que lees este mensaje, si aún no has recibido a Cristo, te invito a que lo hagas ahora mismo. ¡No arriesgues tu salvación! ¡Bendiciones!
                                                                                                           Orfilia Miranda L

miércoles, 29 de febrero de 2012

Pecado y salvación

La biblia define el pecado como: culpa, iniquidad, maldad, ofensa, prevaricación, transgresión. Todo lo que desagrada a Dios y nos separa de él.
1- Desde el principio el hombre rechazó el amor de Dios. El hombre desatendió el consejo de Dios, y seducido por Satanás, en lugar de obedecer, se rebela contra su Creador, buscando adquirir conocimiento al margen de Dios. En consecuencia, el mundo cayó en maldición y pérdida del orden y la armonía con que había sido diseñado; y el hombre mismo, fue destituido del paraíso quedando sin comunión con Dios expuesto a toda clase de males.
Desde entonces, el hombre por más fuerte que sea, inteligente, instruido, o tenga mucho dinero y poder, siempre está sujeto a toda clase de concupiscencias de la carne; a vivir con temores, angustias, odios, envidias, tensiones, incomprensión, desconfianza, incapacidad para relacionarse con los otros, vida sin sentido, tristeza, desequilibrios y expuesto a enfermedades y la muerte.
La sociedad quedó sujeta a constantes guerras, injusticias y opresión.
Aún en el universo se manifiesta el desequilibrio: cataclismos, inundaciones, sequías, terremotos, y un sinfín de adversidades.
El responsable de todo esto como vemos, no es Dios, sino las consecuencias del pecado del hombre mismo. Y dice la Palabra que “El mundo entero quedó bajo el poder del diablo1ª de Juan 5:19. Y en Jeremías 2:13, dice el Señor: “Me dejaron a Mí, manantial de aguas vivas para hacerse aljibes agrietados que no pueden retener el agua.” Fue el hombre el que abandonó a Dios, Dios no abandonó al hombre.
Desde su caída, el hombre ha recurrido a toda clase de falsas soluciones:
a) Religiones, que lo han separado y alejado más del verdadero Dios.
b) Filosofías, sabiduría humana que lo llenan más de confusión y lo desvían del único camino, que es Jesucristo.
c) Obras humanas, esfuerzos de superación personal que lo centran en sí mismo, haciéndole sentir y creer que es autosuficiente y que el poder está en su interior y por lo tanto, no tiene necesidad de  buscar de Dios; le hacen creer que él puede alcanzar todo cuanto desee, que solo tiene que visualizarlo y declarar que lo quiere para alcanzarlo, pero al final todo esto solo le trae más frustración.
d) Prácticas de ocultismo, el hombre en ese afán de búsqueda, ha recurrido a la adivinación, magia, hechicería, espiritismo, control mental, yoga, meditación trascendental y tantas cosas que abundan hoy y que abren las puertas a los espíritus malignos que causan toda clase de perturbaciones y daños a las personas que se dejan engañar con estas prácticas.
2- Jesús nos reconcilia con el Padre. Dios en su amor, tiene compasión de nosotros y nos provee un salvador: su propio Hijo Jesucristo. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.”  Jn.3:16
Solamente Dios, puede liberarnos y salvarnos por medio de Jesucristo.
Y para que el hombre pueda ser salvo, lo primero que tiene que hacer, es reconocer su condición de pecador y que tiene necesidad de la misericordia de Dios, pues la Palabra dice que todos somos pecadores: “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de DiosRom.3:23.
Por el pecado “todos” estábamos perdidos y condenados a la muerte eterna, pero por designio de Dios, en su Hijo Jesucristo, somos libres del pecado, y como siervos de Dios debemos dar frutos de santidad para vida eterna: “Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna. Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.” Rom.6:22-23. 
Esto es, ser salvos por gracia, por puro amor y misericordia de nuestro Padre celestial, sin que mediara ningún mérito nuestro por obras que hallamos hecho. “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados,” Ef.2:1.
Al ser reconciliados con el Padre en Cristo, recibimos el poder para luchar contra el adversario, porque nuestra lucha no es contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad. Ef.6:12. 
Por tanto, el verdadero creyente que le ha entregado la vida al Señor, sigue estando sujeto al pecado, pero ya no peca voluntariamente porque el Espíritu Santo mora en él. “Por tanto, El que todavía practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Pero para esto vino Jesucristo el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo.” 1ª Jn. 3:8. Y en 1ª Jn. 3:9  dice que, "Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él;  y no puede pecar, porque es nacido de Dios."
Si todos habíamos quedado bajo el poder del diablo, la Palabra nos dice que ya hemos sido perdonados, redimidos, justificados, declarados inocentes, gracias al sacrificio de Jesucristo en la cruz, porque fuimos lavados y purificados con su sangre. Heb.9:14. Jesucristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, fue el único sacrificio perfecto y suficiente para limpiar el pecado de la humanidad caída y restituirnos a la condición de hijos de Dios, Jn.1:12
Y aunque la salvación es universal para todo el género humano, la salvación no es colectiva, es individual y solo la recibe todo aquel que se reconoce pecador y necesitado de la gracia y misericordia de Dios; todo aquel que cree en el Señor Jesús y le recibe como su Salvador.
¡SOLO EN JESUCRISTO TENEMOS SALVACIÓN!
Ni las religiones, ni las filosofías, ni las obras, ni las prácticas de control mental y relajación nos pueden salvar. El hombre en su seguera espiritual sigue buscando soluciones por muchos caminos, pero todos son equivocados. Solo hay un camino: ¡JESUCRISTO!
  Dios les bendiga.                                        Orfilia Miranda L.       

lunes, 20 de febrero de 2012

EL AMOR QUE EXCEDE A TODO CONOCIMIENTO


Todos conocemos la historia de Pablo. Cómo siendo un perseguidor de los cristianos, yendo camino de Damasco, el Señor Jesús le hace un llamado especial y se convierte de perseguidor del Evangelio, en el Apóstol de los gentiles.
El mismo carácter fuerte y decidido de perseguidor, fue usado por Dios para ser un fuerte anunciador del evangelio de la gracia. Pablo, consciente de la responsabilidad del ministerio especial que ha recibido, y de todo lo que le ha sido revelado que no había sido revelado antes, entiende que su misión es enseñar y mostrar las inescrutables riquezas de Cristo, las verdades de Dios y las bendiciones para la iglesia. Con este celo apostólico, en actitud de humildad, sumisión y reverencia a Dios, hace esta oración por los creyentes:  
Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra, para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios. Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros, a él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén.” Efesios 3:14-21
Doblar las rodillas, no se refiere solo a la actitud física de arrodillarse; es también una actitud de humildad, sumisión y obediencia incondicional a Dios como nuestro Padre y Creador, que nos permite entender que, como Padre nuestro, dependemos de Él para nuestro bienestar espiritual, emocional y físico. De él puedes recibir toda clase de bendiciones porque las riquezas de su gloria son ilimitadas e inagotables, y siempre están disponibles para todos los creyentes.
El “poder espiritual” debe ser siempre una cualidad permanente en todo creyente que se somete en la obediencia de la palabra a la voluntad de Dios, mediante la docilidad al Espíritu Santo. 
Aunque nuestro cuerpo físico se deteriore con los años y vayan menguando las fuerzas, nuestro espíritu cada día se fortalece y crece en el Espíritu, porque cuando recibimos a Cristo en el corazón, él nos permite experimentar la plenitud de su amor en nuestra vida, llevándonos a una dimensión de gozo y de paz; a un AMOR que excede todo conocimiento, que no es un mero sentimiento ni tampoco es entendible para la mente humana. Esa es la dimensión del sublime amor de Dios.
El amor que excede a todo conocimiento, es ese amor que ha sido derramado en nuestros corazones, mediante el conocimiento del Evangelio de la Gracia. Rom. 5:5.
Si tú ya has recibido a Cristo en tu corazón y el don del Espíritu Santo está en ti, ya estás capacitado para amar; ya no tienes necesidad de que el amor se derrame, porque la palabra dice que ya lo tienes, porque Jesús ya lo hizo en la cruz del Calvario. El amor derramado en ti, no es algo que tú hayas solicitado, ni lo recibes por algún esfuerzo personal que hayas tenido que hacer, pues, si dependiera de los esfuerzos humanos, ese amor no sería perfecto, no sería un amor irracional, sino que tendría límites, y estaría condicionado a ciertos criterios creados en tu mente carnal.
El amor de Dios es eterno y misericordioso: No tiene principio ni fin, lo dice la palabra en Jer.31:3: “Con amor eterno te he amado; por tanto te prolongué mi misericordia.”
Es irracional: Es decir, no se piensa ni se razona, ni se intenta tener o dar, es un amor que fluye como parte de la personalidad y del carácter de Dios, y excede a todo conocimiento humano. Efesios 3:19.
El amor de Dios en ti, de ninguna manera depende de ti, pues tu amor, es racional, es temporal, es condicional, y depende de lo que te hagan para seguir amando. Por eso el amor carnal, no es verdadero amor: es un deseo engañoso de la carne, movido muchas veces por el egoísmo y las pasiones y busca siempre beneficio personal; pues, si fuese espiritual sería eterno. Con ese amor no puedes amar, es dañino y no es el amor de Cristo.
Sólo fortalecidos por el Espíritu Santo, y habitando Cristo en tu corazón por la fe, y…“arraigados y cimentados en amor seréis plenamente capaces de comprender con todos los santos cual sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo que excede a todo conocimiento para que seáis llenos de la plenitud de Dios.”  Dios te bendiga.                                  Orfília Miranda L.

“EL TESTIMONIO DE VERDAD”

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