martes, 14 de mayo de 2013

El Sexo fuera del Matrimonio



Relaciones sexuales: amor, matrimonio y sexo.

¿Por qué esta línea tan estricta?
Porque el amor, el matrimonio y el sexo fueron hechos para ir juntos por parte de Aquel que inventó las tres cosas (Dios).

La relación sexual es la relación más íntima posible que puedes tener con ninguna otra persona, y la intención del Hacedor es que la usemos como símbolo externo del amor interno que tenemos hacia aquella otra persona; un amor que, lo mismo que el amor de Dios, es plenamente personal, no actúa egoístamente y no cede.

Lo que se considera como amor en estas relaciones pasajeras es a menudo algo despersonalizado, frecuentemente egoísta (« ¿Cuánto puedo yo sacar de esto?») Y normalmente efímero, dejando tras de sí desilusión y soledad, al ser la pareja de turno descartada al montón de basuras humanas.
¿Qué sucede cuando se desobedece a Dios?

Hemos visto abundancia de amar­gos frutos de la libertad sexual durante la última década.

Es un llano enfrentamiento contra la voluntad de Dios. Conlleva un sentimiento de culpa. Frecuentemente ha de ser cubierta con mentiras e hipocresía. Deshumaniza el sexo y lo convierte en un acto en sí mismo, distinto tanto de la relación como de la persona.

Provoca traumas a las personalidades de los desechados, y un endurecimiento en las actitudes del hombre, que va «marcando las mues­cas en la cabecera». Separa artificialmente el sexo del amor, de la fidelidad, del compañerismo y de los hijos.

Toma algo que jamás puede ser devuelto. Traiciona una incapacidad para controlar nuestros impulsos instinti­vos. Y mina la confianza.

Lo cierto es que hay pocas cosas que sean tan pertur­badoras para la personalidad, la vida hogareña y la so­ciedad como una sensualidad sin freno.

Mientras escribo esto, se me ocurre un ejemplo claro: Madonna, quien fue la diva sexual en su momento, y en una entrevista en la revista Time dijo esto:

    «He de humillar a los hombres en público. Estoy echando fuera mi odio contra mi padre por abandonarme por mi madrastra después que murió mi madre.

    Por una parte podrían decir que estoy convirtiendo a los hombres en cerdos; por otra parte estoy obligando a los hombres a comportarse en formas que se supone que no deben hacerlo. Si quieren llevar un sostén, pueden llevar un sostén. Si quieren llorar, pueden llorar. Si quieren besar a otro hombre, les doy permiso para hacerlo…

    … tengo a esos hombres, a los que he castrado, llevando sostenes y que me asisten y me ofrecen sexo. Pero en último término preferiría estar sola y masturbarme…»

Es trágico ver la confusión y soledad de una actitud así.

Incluso Máster y Johnson, los célebres sexólogos ame­ricanos, después de haber dado su “aprobación” durante déca­das a un estilo de vida permisivo, han llegado a la conclusión que:

    Las únicas relaciones sexuales permanentemente satisfactorias son las que tienen un hombre y una mujer para siempre.

Y desde luego, esos sexólogos no han sido conducidos por ninguna persuasión cristiana: sencilla­mente han observado de manera detallada lo que sucede cuando se desdeñan las instrucciones de Dios para el uso del sexo.

El hecho de que los cristianos estén decididamente en favor de la castidad antes del matrimonio y de la fideli­dad en el matrimonio no se debe a que estén contra el sexo: al contrario, se debe a que lo valoran enormemente.

El sexo es un don demasiado bueno de parte de Dios para malbaratarlo.

No es un mero acoplamiento animal, sino la más profunda manera en que dos personas pueden expresar su mutua entrega. Sirve no sólo para simbolizar, sino para profundizar y enriquecer la unidad de la pareja. Es divertido. Es satisfactorio. Es entusiasmante.

Pero quítalo del contexto del matrimonio y viene a ser deshones­to.

Porque aísla una clase de unidad, la sexual, de las otras áreas de entrega. Es actuar una mentira.

Por eso la Biblia está tan intensamente en contra del sexo extra matrimonial.


Por Elsie Vega  09/05/2013 del Punto cristiano.

sábado, 11 de mayo de 2013

HACEDORES DE MALDAD



Pecado, justicia y juicio de Dios.
“Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra.” Gen 1:26. 
 Como bien lo relata la Palabra de Dios, el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios y lo puso en el huerto como señor, con autoridad sobre toda la creación.
El hombre junto con su mujer, eran felices, no conocían el sufrimiento, ni la tristeza, ni el dolor, ni la enfermedad ni la muerte. Esto no estaba en el plan divino de Dios para el ser humano. Estas son las consecuencias de la desobediencia a Dios, o del “pecado” como también se le llama.
El hombre cayó en la mentira y la trampa del “malo,” que lleno de envidia, buscó el momento propicio para tentarle y ponerle en enemistad contra el Creador, “porque el diablo peca desde el principio.” 1Juan 3:8.

El hombre se apartó del consejo de Dios y voluntariamente aceptó el consejo del diablo permitiendo que le fuera sembrada la semilla de la iniquidad en su corazón; y por más que intente revertir esta situación, nunca podrá lograrlo por sí mismo; quedó atado al pecado y a sus consecuencias eternas. El Profeta Isaías 5:18 dice: “!Ay de los que traen la iniquidad con cuerdas de vanidad, y el pecado como con coyundas de carreta!”

Y vemos que a lo largo del tiempo, en el transcurrir de los siglos, esta historia de desobediencia y rebeldía contra Dios, se sigue repitiendo de generación en generación. La naturaleza caída del hombre es heredada de nuestros primeros padres, Adán y Eva; es una inclinación o tendencia al mal que viene en nuestros genes, y hace que el hombre practique fácil el pecado y no el bien. Salmo 51:5, “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre.”
El pecado trae consigo enfermedades, dolor y muerte; el pecado afea el alma, y el rostro pierde las facciones de paz, dulzura y amabilidad; el pecado produce tristeza, falsa alegría, amargura, odio, rencor y desesperación. Isaías 3:9: “La apariencia de sus rostros testifica contra ellos; porque como Sodoma publican su pecado, no lo disimulan.”

El hombre en pecado, cada día quiere estar más lejos de Dios; desprecia su consejo y sus mandamientos haciendo que su corazón se endurezca y se aparte cada vez más de él. Isaías 30:1. !!Ay de los hijos que se apartan, dice Jehová, para tomar consejo, y no de mí; para cobijarse con cubierta, y no de mi espíritu, añadiendo pecado a pecado!

En medio de tanta perversidad, Dios escogió a un hombre, Abraham, con el cual hizo pacto y le dio descendencia, y formó un pueblo escogido para sí, que le sirviera y le fuera fiel; pero con el tiempo, siendo ya un pueblo numeroso y habiendo visto las maravillas y prodigios de Dios, también se rebelaron contra él y se descarriaron. Isaías 53:6 “Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino;…” El hombre sigue sin reconocer su pecado delante de Dios su Creador, persistiendo cada vez más en su maldad; Dios se queja de ellos y les advierte por boca del Profeta que va a entrar en juicio contra ellos. Jeremías 2:35, “… He aquí yo entraré en juicio contigo, porque dijiste: No he pecado.” Dice el Señor, contristado con un pueblo que le ofende y no da muestras de arrepentimiento.

Dios nos llama pues, a reconocer nuestro pecado delante de él, porque “todos” somos pecadores, Romanos 3:10, “Como está escrito: No hay justo, ni aun uno;” y Romanos 3:23: “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.” Significa que, el hombre necesita volverse a Dios y aceptar la salvación que él le viene ofreciendo para recuperar su estado de gracia.

Cumplido el tiempo, Jesucristo viene a reconciliarnos con el Padre:

 Cumplido el tiempo de la redención, Dios manifiesta una vez más su amor por los hombres y envía a su propio Hijo a rescatarnos, con el sacrificio de la CRUZ; Juan 3:16: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.”
Dios ya no está pensando en castigar y condenar al hombre, sino en salvarlo. Juan 3:17, “Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.” Si bien es cierto, la salvación viene de Jesús, la condenación no, Jesús no condena a ninguna persona: Juan 3:18  “El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.”
Usted y yo tenemos la opción de recibirle o rechazarle; de creer en él o no creer; tenemos libertad de escoger la salvación o la condenación eterna.

Jesucristo, es pues, la provisión del cielo para los hombres; su misión sublime es SALVAR al hombre y reconciliarlo con el Padre. Jesucristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Con su sacrificio y muerte en la cruz, su sangre es derramada en expiación por todos los pecados del mundo.  
Pero la misión de Jesús no era nada fácil, debía enfrentarse con un pueblo religioso, muy estricto en la observancia de leyes y normas, pero muy duro de corazón e incrédulo: su mismo pueblo judío. Pese a los muchos milagros y prodigios que hizo entre su pueblo, fue cuestionado, criticado y hasta llamado hijo del diablo. Les molestaba que los confrontara con el pecado, que les enrostrara las injusticias que hacían con los pobres y desvalidos, y cada día oponían más resistencia hacia Jesús y a su doctrina y empezaron a planear cómo matarlo.
Jesús les dice: “Si yo no hubiera venido, ni les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa por su pecado.” Juan 15:22.
 Juan 15:24, “Si yo no hubiese hecho entre ellos obras que ningún otro ha hecho, no tendrían pecado; pero ahora han visto y han aborrecido a mí y a mi Padre.”
Cada vez que escuchamos la Palabra de Dios, nos hacemos responsables de ella, ya no tenemos excusa en el día del juicio. La Palabra misma nos juzgará: Juan 12:48, “El que me rechaza, y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero.”

Arrepentimiento

No debemos confundir el arrepentimiento con el remordimiento:
Judas sintió remordimiento de haber vendido a su Maestro, cuando entendió las consecuencias de lo que había hecho, fue a devolver el dinero creyendo con esto atenuar un poco la culpa y dijo: “Yo he pecado entregando sangre inocente. Mas ellos dijeron: ¿Qué nos importa a nosotros? !Allá tú!” Mateo 27:4; esta respuesta lo llevó a la desesperación y acosado por el remordimiento y la culpa, se ahorcó, se suicidó, porque la paga del pecado es muerte. Rom. 6:23. 
El arrepentimiento te lleva al cambio de actitud y a la fe en Cristo. Te lleva a dejar el camino equivocado en que andas para seguir el Camino del evangelio; el reconocer tu maldad, no te lleva a la desesperación, sino que te induce a humillarte a los pies del Señor y pedirle perdón por los pecados, como el caso del hijo pródigo que narra Lucas 15:18: “Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti.” Hay arrepentimiento con esperanza y confianza en el amor del Padre.

El Perdón

El perdón hay que suplicarlo con humildad, reconociendo nuestro pecado delante de Dios, sabiendo que, sea cual sea el pecado, la misericordia de Dios es más grande que toda la inmundicia que haya en nosotros.
  
El pueblo de Israel había llegado a un nivel muy alto de pecado en el tiempo del Profeta Isaías, cuando les dice estas palabras tan fuertes: ¡Oh gente pecadora, pueblo cargado de maldad, generación de malignos, hijos depravados! Dejaron a Jehová, provocaron a ira al Santo de Israel, se volvieron atrás.” Isaías 1:4. Y aunque el juicio de Dios se veía venir, todavía por boca del Profeta, los llama al arrepentimiento diciéndoles: “Lavaos y limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos; dejad de hacer lo malo;” v 18 “Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana.” Isaías 1:16,18.
¡Qué paciencia, qué amor y misericordia tan grande de Dios con los hombres!

Más adelante, Dios vuelve a estar airado con el pueblo y el castigo se venía por tanta abominación; el profeta Jeremías nos da un ejemplo de cómo suplicar el perdón de Dios:
Jer. 14:7, “Aunque nuestras iniquidades testifican contra nosotros, oh Jehová, actúa por amor de tu nombre; porque nuestras rebeliones se han multiplicado, contra ti hemos pecado.”
Y más abajo, 14:20, “Reconocemos, oh Jehová, nuestra impiedad, la iniquidad de nuestros padres; porque contra ti hemos pecado.”
El empieza reconociendo la maldad; y en ningún momento el Profeta justifica al pueblo diciendo: “pobrecitos, es que han sufrido mucho y están traumatizados, entiéndelos Dios;” como tampoco el Profeta se cree libre de pecado y se excluye, observemos que dice: “nuestras iniquidades”reconocemos nuestra impiedad.”
El arrepentimiento sincero nos alcanza el perdón; y el perdón produce en nosotros paz interior, alegría, gozo y libertad del pecado: “De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado.” Juan 8:34. “No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias;” Rom. 6:12.
El hombre salvado que ya es libre del pecado, vive como siervo de Dios, produciendo y mostrando frutos de santidad y su meta es la vida eterna. Rom. 6:22  “Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna.”
Como ya dijimos antes, todos los seres humanos son pecadores, de naturaleza pecadora, “hacedores de maldad,” Lucas 13:27; pero todo el que ha nacido de Dios, ya no puede pecar voluntariamente porque es simiente de Dios; 1Jn 3:9  “Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios.” Es decir, el pecado ya no tiene dominio sobre nosotros.

Sólo Jesucristo el Hijo de Dios, Santo y puro, en quien no hay sombra de maldad, podía librarnos y limpiarnos del pecado. El Cordero Inmaculado, perfecto, para el sacrificio perfecto, que quitara el pecado del mundo definitivamente.
Jesús llevó a la cruz todos los pecados del mundo sin ser él pecador y sufrió la vergüenza por nosotros: “¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?” Juan 8:46. Sólo Jesús tiene autoridad sobre el pecado y victoria sobre la muerte.

Un verdadero creyente entonces, que ha sido salvado mediante el sacrificio de la cruz, ya no practica el pecado, así su naturaleza caida permanezca en él, porque el que practica el pecado es del diablo y el diablo peca desde el principio; y para esto vino Jesús a destruir las obras del diablo; 1Jn 3:8.

Jesús ya ha cumplido su misión redentora y debe volver a su trono, a la diestra del Padre.
Él sabe que Satanás no descansará y nos va a estar acechando, si lo tentó a él, qué hará contra nosotros. No nos deja solos en la batalla: Nos envía al Espíritu Santo, prometiendo que estará con nosotros hasta el fin del mundo.
Espíritu Santo, continuará la obra en la iglesia, “cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, por cuanto no creen en mí; de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más; y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado.” Juan 16:8-11. 
 ¡Bendiciones!
                                                                               Orfilia Miranda L
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Si este mensaje le ha sido de bendición, por favor deje su comentario. Gracias.

martes, 7 de mayo de 2013

EL SERVICIO



El orgullo es repelido ante la idea del servicio. Hoy, todos quieren ser cualquier cosa menos siervos. Un popular juego de niños en Estados Unidos se llama “Los Amos del Universo”. Pero esto también se está volviendo la teología de muchos cristianos.
Mencionamos esta escritura: “Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo” (Gálatas 4:7). Lo que realmente Pablo está diciendo es que un hijo al que se le ha enseñado correctamente, sabe que legalmente es el hijo del rey con todos los derechos, pero ama tanto a su padre que elige el rol del siervo.
Pablo dijo también que él era “siervo de Jesucristo” (Romanos 1:1) y Santiago se llamó a sí mismo “siervo de Dios y del Señor Jesucristo” (Santiago 1:1).

Un siervo no tiene voluntad propia; la palabra de su señor es Su voluntad.
La cruz representa la muerte de todos mis planes, ideas, deseos, esperanzas y sueños. Y principalmente, significa la muerte absoluta de mi propia voluntad.
Ésta es la verdadera humildad. “…se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:8). Él le había dicho a Sus discípulos: “Mi comida (el cumplimiento de mi vida) es que haga la voluntad del que me envió” (Juan 4:34). En otras palabras, “Renuncio a tomar acción con mis propias manos. ¡Esperaré hasta oír cada instrucción de Mi Padre!”.

Juan escribió: “…como él es, así somos nosotros en este” (1 Juan 4:17). Todo verdadero Cristiano debe estar dispuesto a decir: “Yo quiero verdaderamente hacer Su voluntad”. Pero aquí es precisamente donde erramos.
Fijamos nuestros corazones en algo que queremos, algo que se ve bien, que suena lógico, pero no es la voluntad de Dios. Ayunamos, oramos e intercedemos, derramamos un mar de lágrimas, lo reclamamos, citamos la Biblia y hacemos que otros estén de acuerdo con nosotros.

Una de las mayores trampas para los cristianos es una “buena idea” que no está en la mente de Dios, una “buena estrategia” que no es de Dios, un “plan bien elaborado” que no es Suyo… ¿Puede tu deseo sobrevivir a la cruz?... ¿Puedes alejarte de ello y morir a ello?...
Debes ser capaz de decir con honestidad: “Señor, quizás no es el diablo el que me está deteniendo, sino Tú. Si esto no es Tu voluntad, me podría destruir. Me rindo ante la cruz. ¡Hazlo a tu manera, Señor!

Pastor David Wilkerson

“EL TESTIMONIO DE VERDAD”

  “EL TESTIMONIO DE VERDAD” 1ª de Juan 1 y 2 Si examinamos cuidadosamente la vida de Jesús, encontramos que mucha gente le seguía y escu...