domingo, 30 de noviembre de 2014

FIRMES EN LA FE HASTA EL FINAL



1“Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino,
 V 2  que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina.
 V 3  Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias,
V 4  y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas.
 V 5  Pero tú sé sobrio en todo, soporta las aflicciones, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio.
V 6  Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano.
V 7  He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.
V 8  Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida.”
2ª Ti 4:1-8
El apóstol Pablo se encuentra en un momento crucial de su vida; está preso nuevamente y siente que ya es definitivo que lo van a sacrificar, que le queda poco tiempo. Es cuando escribe esta segunda carta a Timoteo desde la cárcel.

He tomado para esta reflexión el cap. 4:1-8. Pero si nos adentramos un poco en meditación sobre todo el cap., podemos percibir los sentimientos de tristeza, soledad, desamparo y preocupación del apóstol, así como también la satisfacción del deber cumplido y la firmeza en la fe en Cristo hasta el final, venga lo que venga.

Esta carta es una súplica a su amigo y hermano en la fe, Timoteo, para que no afloje en la enseñanza de la doctrina sana del evangelio del Señor y le recuerda que seremos juzgados el día que él se manifieste.
La preocupación mayor, es que no deje de predicar a tiempo y a destiempo; que hay que redargüir, reprender y exhortar con paciencia y sana doctrina, soportando las aflicciones que nos trae el ministerio.

v.6, “Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano”.
Pablo acostumbrado ya a estar compareciendo ante los tribunales a declarar tantas veces, ya sabía el rumbo que habían tomado las cosas y presentía su final, además de ser también anciano.
 V 7  He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.
V 8  Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida.”

En estos dos versículos 7 y 8, lejos de ver a un hombre derrotado o derrumbado, percibimos tres sentimientos diferentes a los anteriores:
Satisfacción por el deber o la misión cumplida; la seguridad de su salvación en Cristo; y de esperanza, de que al terminar todo este sufrimiento le aguarda una corona de gloria y vida eterna. El amor a Jesucristo y la esperanza de este galardón le dieron la fuerza para soportar todo lo que tuvo que sufrir.

Nuestra mayor preocupación también, debe ser para que al final de nuestra vida, como Pablo, podamos  mirar hacia atrás y evaluar qué hicimos por el Señor y su iglesia. Y al igual que él, podamos tener la satisfacción de haberle servido fielmente y poder decir también: he peleado la buena batalla, he terminado la carrera y he guardado la fe.
He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.” Son las palabras de un mártir de la fe; de un hombre que vivió plenamente para Cristo; que prefirió ser sacrificado antes que serle infiel al Señor.
La fidelidad a Dios implica renuncia, obediencia, sacrificio, rechazo, desprecio, y muchas veces hasta la misma muerte.

La tierra hoy es un altar en donde las vidas de muchos siervos de Dios, han sido ofrecidas en sacrificio por la fe. Tenemos a Juan el bautista y todos los que se mencionan en Hebreos 11: 36-37: “Otros experimentaron vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles.
-Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados;…”
La iglesia es un jardín que ha sido regado y abonado con la sangre de los mártires, especialmente en el primer siglo. Recordemos a Esteban, Jacobo, Pedro y al mismo Pablo: “Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano.”
Desde su conversión, la vida de Pablo estuvo llena de dificultades y persecuciones hasta la muerte; pero esos sufrimientos no hicieron caer su ánimo, pues la fe y la esperanza en Cristo lo fortalecían cada día.
Aquí hay una lección que aprender: para llegar al final con esa serenidad y la satisfacción de la misión cumplida, es necesario su carácter, su fidelidad, su fe y su determinación.
Dice Hch 20:22-24 “Ahora, he aquí, ligado yo en espíritu, voy a Jerusalén, sin saber lo que allá me ha de acontecer; -salvo que el Espíritu Santo por todas las ciudades me da testimonio, diciendo que me esperan prisiones y tribulaciones.
 -Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios.”
Esta era su meta: cumplir a cabalidad la misión que Jesús le encomendó y en ello puso todas sus fuerzas, su empeño y su vida. Con la misma entereza y energía con que perseguía a los cristianos, con esa misma convicción llevó a todas partes el evangelio de Jesucristo.

*He peleado la buena batalla: Pablo nos enseña que la vida del creyente es una batalla permanente que tenemos que pelear día a día, fortaleciéndonos en la Palabra y la oración, agradando a Dios en todo, y esforzándonos como buenos soldados de Cristo. Sólo así podemos tener garantizada la victoria.
Tú, pues, hijo mío, esfuérzate en la gracia que es en Cristo Jesús.
 -Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros.
 -Tú, pues, sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo.
 -Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado.” 2ª Tim.2:1-4

*Un buen soldado es responsable: Cuando un soldado está en batalla y lo ponen en guardia, él tiene que estar alerta, sin distraerse para no caer en emboscada del enemigo.
Dice el Señor en Lc. 21:36, “Velad, pues, en todo tiempo orando que seáis tenidos por dignos de escapar de todas estas cosas que vendrán, y de estar en pie delante del Hijo del Hombre.

*Un buen soldado va a la batalla bien armado: A nosotros se nos han dado armas poderosas: 2ª Cor.10:4 “…porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas,”
Así que, la Palabra nos recomienda usar bien las armas y toda la armadura como buenos soldados, en Ef.6:13-18:
13 “Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes. …16 -Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno.
17- Y tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios;
18- orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu,…” 

*Un buen soldado es bien entrenado: Sabe cómo usar sus armas para no fallar y así poder garantizar el éxito en la batalla y obtener la victoria sobre el enemigo.

*Un buen soldado es decidido: valiente, fuerte y esforzado; pero ante todo, no retrocede jamás, “Porque nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma.” Heb. 10:39. 

Pablo dejó de ser un militar romano y se hizo soldado de Cristo; vivió haciendo la voluntad de Dios en todo, defendiendo siempre la fe. Peleó la buena batalla y corrió su carrera como creyente sin avergonzarse jamás del evangelio.
Todo cristiano, y especialmente los que enseñamos la Palabra de Dios, debemos examinarnos cómo es nuestra fidelidad y obediencia a Dios, y ver cómo estamos guardando la fe.

Armas principales: La Fe, la Palabra y la oración.

Hasta pronto, Dios les siga bendiciendo.

Orfilia Miranda Londoño
orfimilondo@gmail.com



“He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe” 2ª Tim. 4:7.


viernes, 14 de noviembre de 2014

EL DISCÍPULO CAÍDO



Jesús acaba de dar una enseñanza que deja perpleja a la multitud: Juan 6:60-71.
Jesús ha tocado un tema muy fuerte y espeso, difícil de asimilar y de entender con la mente humana: “Yo soy el pan de vida…que ha bajado del cieloEl que come mi carne y bebe mi sangre…”
Todos los que lo escuchan están escandalizados: V. 60
Al oírlas, muchos de sus discípulos dijeron: Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?”
La multitud no entiende esta disertación que Jesús acaba de hacer acerca de la vida eterna y empiezan a murmurar y a retirarse. Jesús continúa diciendo:
V. 64 “Pero hay algunos de vosotros que no creen. Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían, y quién le había de entregar.” Y les recrimina la murmuración y su incredulidad, y viendo que muchos se están retirando, les pregunta a los doce si ellos también quieren irse. Pedro le dice: “¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”. Pero Jesús va más allá y les dice: v 70, ¿Y eso qué? ¿Yo mismo no los  escogí a ustedes doce y hay uno entre ustedes que es diablo? Se refería a Judas, el que lo iba a traicionar.

Diablo, significa calumniador o falso acusador.
El adversario de Dios se oculta en la debilidad de la naturaleza humana para ejecutar su maldad. Mat.16:23.

Quién era Judas: Judas Iscariote era hijo de Simón, y uno de los doce llamados y escogidos por Jesús mismo para el ministerio.

Siendo Judas un discípulo llamado que siguió al Maestro durante los tres años de su predicación al pueblo de Israel, al final lo traicionó negociándolo vilmente y revelando a los miembros del Sanedrín, el lugar donde podían arrestarlo.
Judas mismo, llevó a los guardias hasta donde estaba Jesús y con un beso hipócrita y cínico, les señaló cual era el Maestro.
Sin abandonar el grupo, Judas venía hacía tiempo planeando la traición al Señor, a su Maestro y hasta arregló el precio, solo esperaba el momento oportuno para entregarlo a sus enemigos.
Por entregar a Jesús le dieron treinta monedas de plata, dinero que sólo le trajo maldición y muerte; pues, acosado por la culpa y el remordimiento, intentó devolverlo a los sacerdotes, pero ya era demasiado tarde. El trato estaba hecho.

Según el relato bíblico, pudiéramos pensar que la intención de Judas no era hacer matar al Maestro. Vio la oportunidad de ganarse ese dinero, y pensó que a Jesús no le pasaría nada,  pues Judas sabía que él era inocente y que su inocencia seria probada y quedaría en libertad; o, tal vez, creyó que Jesús se libraría él mismo como lo había hecho otras veces;…o también pudo pensar que el pueblo al que Jesús había hecho tantos milagros saldría en su favor... pero no fue así.
No sabemos exactamente qué había en el corazón de Judas, pero su reacción y cambio repentino cuando se enteró que Jesús había sido condenado a muerte en la cruz, nos lleva a pensar eso. Pero ya no pudo hacer nada para revertir el daño. Era demasiado tarde.
Entonces, Judas, “… viendo que Jesús es condenado, devolvió arrepentido las 30 monedas  de plata a los principales sacerdotes y a los ancianos, diciendo: Yo he pecado entregando sangre inocente. Mas ellos le dijeron: ¿qué nos importa a nosotros? ¡Allá tú! Y arrojando las monedas de plata en el templo, salió, y fue y se ahorcó.” Mat.27:3-4.
Era ya demasiado tarde para recapacitar. Ya no podía hacer nada para quitarse del trato con el Sanedrín. Es cuando entiende la magnitud de lo que había hecho, pero el diablo lo ciega y lo acosa con la culpa y el remordimiento y la única salida que le plantea es matarse, pues, “La paga del pecado es muerte.” R.6:23

¡La traición de Judas no tiene precedentes en la historia!

Lucas 6:12-16: y escogió a doce de ellos,… y Judas Iscariote, que llegó a ser el traidor.”
No somos nosotros quienes debemos juzgar la actitud de Judas, pero sí debemos tomarla como reflexión:
Vemos que fue llamado desde el comienzo del ministerio a ser su discípulo; tuvo la misma capacitación de todos y el mismo tiempo al lado del Maestro recibiendo la misma enseñanza; se le envió con la misma autoridad que todo el grupo a predicar el mensaje del reino, y seguramente, también puso las manos sobre los enfermos y se sanaron y expulsó demonios; pero de nada le sirvió en lo personal, así como tampoco le sirvió de nada ostentar el Título de Apóstol, si al final fue infiel y cayó en el más horrendo pecado: la traición a su Maestro. Un pecado que contempló durante días en su corazón, hasta llevarlo a cabo.

Características de su personalidad:
El texto anterior nos muestra a Judas como una persona común y corriente, aparentemente “buena,” pero sin una espiritualidad profunda.
Era frío, calculador, duro de corazón, codicioso de ganancias deshonestas, ambicioso, ladrón, que malgastaba los dineros del ministerio, y quien no vivía conforme a la enseñanza de Jesús, al juzgar por sus actuaciones; pues, no creció ni maduró espiritualmente.

Al parecer, su relación con el grupo no era muy buena.
Su desmedida ambición no le permitía tener sinceridad con el grupo ni lealtad con su Maestro.
No se sujetaba a las reglas; entraba y salía cuando quería.
Vemos que tenía encuentros secretos con los sacerdotes, los escribas y fariseos, enemigos de Jesús, y negoció con ellos la entrega de su Maestro, movido por la misma ambición desmedida que a todo le ponía precio. Mat.26:14-16. 
Era muy reservado, nadie en el grupo sabía lo que planeaba hacer con el Maestro.
En resumen, Judas no era una persona confiable. Sus características, eran de una personalidad con una fuerte tendencia al mal y esto lo hacía el candidato perfecto para ser usado por Satanás para llevar a cabo el plan de maldad.
Este camino lo llevó hasta “que llegó a ser el traidor”  Lucas 6:16.

Otro detalle digno de considerar es: Jesús, para todos sus discípulos era el SEÑOR; pero para Judas era el Maestro. Mat.26:20-25. Había un trato frio y lejano de Judas con él y no sabemos si él creia que Jesús fuera el Hijo de Dios, como lo confesaron los demás.
No hubo una renovación en su mente ni amor por su Maestro siendo que pasó tanto tiempo junto a él.

La caída y perdición de Judas, nos tiene que llevar a revisar nuestra vida personal como creyentes y nuestro ministerio:

¿Cuánto hay en nosotros de JUDAS?
¿Cómo es nuestra vida de oración y comunión con el Señor?
¿Cómo es nuestra fidelidad y lealtad al Señor?
¿El amor de Cristo habita realmente en nuestro corazón?
¿Anunciamos el reino de Dios o nos anunciamos a nosotros mismos?
¿Anunciamos la palabra fiel sin maquillarla o diluirla para agradar?
¿Usamos el ministerio para la obra y gloria de Dios, o para beneficio personal y vanagloria? 
¿Nos sujetamos a la autoridad de Cristo, visible en la iglesia?
¿O andamos como rueda suelta haciendo como nos viene en gana?
¿Estamos usando la palabra de Dios para obtener ganancias deshonestas?
¿Trabajamos con sinceridad para el Señor?
¿Actuamos en todo con humildad de corazón?
¡Ay de los mercaderes del Evangelio!
¡Ay de los que enseñan herejía y hacen tropezar a otros!

De la caída de Judas nos queda esta advertencia:
NO importa si tenemos un ministerio, o si tenemos muchos dones, o si frecuentamos la iglesia, nada de esto sirve para quien es INFIEL.

-La historia de Judas nos debe conducir a un examen profundo de nuestra propia vida como seguidores de Jesús, y de cómo ejercemos el ministerio al que fuimos llamados.

-No debemos perder de vista, que si hemos venido a los pies del Señor y hoy gozamos de su salvación, no es por mérito nuestro, sino por la gracia y el amor de Cristo. Por la misericordia de Dios. 
-No olvidar nunca que nosotros somos muy privilegiados y muy bienaventurados porque la SANGRE de Cristo nos lava de todo pecado.

Los dejo con esta cita para meditar:

“Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad.” 2ª Ti. 2:15

Hasta pronto y que Dios les bendiga.

Orfilia Miranda Londoño



viernes, 24 de octubre de 2014

EL CULTO FAMILIAR EDIFICA



Todos los mandatos y ordenanzas que Dios dio en el Antiguo Testamento al pueblo de Israel, fueron para ellos la guía que les marcaba el camino en ese tiempo.
Muchos de esos mandatos y normas terminan al entrar en el Nuevo Pacto, pero otros por el contrario, se afirman y siguen siendo vigentes para los creyentes hoy así se cambie la forma.
En la antigüedad, la enseñanza religiosa sobre los mandamientos de Dios, estaba a cargo de los padres de familia como lo vemos en Deuteronomio 11; esta enseñanza se daba de generación en generación.
“Por tanto, pondréis estas mis palabras en vuestro corazón y en vuestra alma,…Y las enseñareis a vuestros hijos, hablando de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes.” Deuteronomio 11:18-19.

En este texto Dios es claro en demandar de los padres de familia el estudio y la estricta obediencia de sus Palabras, como asimismo, que las tengamos presente en nuestro corazón, en el acontecer diario de nuestra vida familiar. Que como cristianos enseñemos esa palabra permanentemente a nuestros hijos, que les hablemos de ella en todo momento y lugar, acompañada de nuestro testimonio y que la  transmitamos con fidelidad de generación a generación.
“…Y  las enseñareis a vuestros hijos, hablando de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes.”

Fácilmente podríamos mencionar muchas de las mil causas que rompen la armonía familiar y la destruyen; pero hablemos mejor de algo que la armoniza, la une y la fortalece, y de sus innumerables beneficios: El culto familiar.

Cuando una familia decide aceptar seguir el Camino, la Verdad y la Vida, seguir a Cristo, tal como Dios nos lo propone en su Palabra, está consolidando lo más importante de la vida: las relaciones humanas y cristianas en la familia; pues, los lazos de fraternidad, amor y lealtad que nacen en el seno del hogar son los más fuertes y difíciles de romper.

El hogar es y debe ser, el lugar más importante para la familia; es allí donde se reciben las primeras enseñanzas de vida, y desde la perspectiva bíblica se aprende a conocer y amar a Dios. Muchas cosas en la vida pueden olvidarse, pero difícilmente podremos olvidar lo vivido en la infancia en nuestra familia.

Cada día el padre de familia cristiano, como sacerdote, debe tomar el liderazgo en la lectura de la palabra, la enseñanza, la oración, la alabanza y la acción de gracias.

El culto familiar es fundamental en la consolidación del hogar. Lo que los niños aprenden muy pequeños, nunca lo olvidarán, porque cuando los hijos se reunen en torno al padre y a la madre para la oración y reciben de ellos la enseñanza de la palabra, unido al amor y buen testimonio, esto tiene mucha fuerza y valor; y así pasen los años y los hijos quizás se aparten, esas enseñanzas siempre estarán allí redarguyendo su conciencia; y si su corazón no se endurece, algún día volverán a los pies del Señor como hijos pródigos.

Hoy tenemos muchos hogares destruidos, así como hijos destrozados moralmente por el abandono de sus padres con tremendas consecuencias sociales debido a que los padres desecharon el consejo de Dios para sus vidas. Y lo más lamentable es que esto está tocando también a las familias de los creyentes. ¿Por qué? Porque se descuidó la enseñanza y la meditación de la Palabra en la familia así como la oración.

La ruptura con Dios y sus leyes, trajo egoísmo, divorcio, aborto, infidelidad matrimonial y un sin número de problemas que no son el propósito de Dios para la familia. Son tiempos de mucha tiniebla y perversión, en donde cada quien tiene su propia ética, y su libre pensamiento, y los creyentes no podemos permitir que sean los impíos los que eduquen a nuestros hijos imponiéndoles los anti-valores del mundo como valores.

La Palabra de Dios es la única arma con la que podemos defendernos de los embates del enemigo de nuestra alma. Ef. 6:11-18.  
Los padres somos responsables de enseñarles la Palabra y darles esas armas a los hijos para defenderse y aprender a distinguir entre el bien y mal; entre lo que es correcto y lo incorrecto; entre lo falso y lo verdadero. Lo que ellos hagan después cuando sean mayores, ya es su propia responsabilidad, no de los padres.
Lamentablemente, tenemos que reconocer que muchos creyentes se apoyan más en la sicología moderna y los consejos impíos a la hora de educar a sus hijos, que en la Palabra de Dios; y esto ha hecho un gran daño en las familias cristianas, produciendo hijos rebeldes que no se sujetan a sus padres y han caído en los vicios y en la delincuencia. Nunca antes se habían visto las cárceles y reformatorios tan llenos de jóvenes y niños criminales. Todo esto se podría mejorar en las próximas generaciones si las familias retomaran el camino correcto.
El culto familiar tiene como fin fortalecer los  principios bíblicos y los lazos familiares. Si en su hogar todavía no está establecida esta maravillosa experiencia familiar, es hora de que la establezca. Es en el hogar donde los niños deben aprender las bases de la fe cristiana, no esperen a que lo hagan los maestros en la escuela o la iglesia en la escuela dominical. Al comienzo del cristianismo no existía la escuela dominical; la Escuela Dominical, como la conocemos hoy, tiene su origen en el año 1781, y surgió como respuesta a una necesidad social diferente en Inglaterra, siendo más tarde adoptada en las iglesias cristianas.

Así que, el mandato de Dios en Deut. 11:18-19 sigue vigente hoy, y siguen siendo los padres cristianos los responsables de la formación cristiana de sus hijos y de inculcarles los valores bíblicos. La escuela dominical más bien estaría para reforzar lo aprendido en el hogar y para formar a los hijos de los nuevos creyentes.  

Algunas sugerencias para establecer el culto familiar si aún no lo está haciendo:

*Fije una hora en la que toda la familia pueda estar presente. Esto es muy importante.  
*Que haya armonía: Es indispensable, que haya armonía entre los miembros de la familia; si ha habido algún malestar con alguno de los miembros de la familia, debe resolverse antes de comenzar, saber perdonar las ofensas es importante para que el amor, la paz y el gozo del Señor fluyan. Dios se glorifica en el corazón humilde dispuesto al arrepentimiento y al perdón.
*Los temas: Deben ser de formación para todos; seleccione temas específicos como las virtudes que abarcan las áreas de honestidad, integridad, disciplina, amor, carácter, responsabilidad, fe, obediencia, autodisciplina, compasión, trabajo, valentía, perseverancia, lealtad, y muchos otros. Pero todo lo que se trate debe ser para el crecimiento de la familia, y fundamentado siempre en la Palabra de Dios.
*Trate el tema de manera amena con palabras sencillas teniendo en cuenta a los niños para que todos puedan entender y participar.

Al final de la reunión dediquen un tiempo a la oración por las necesidades especiales de la familia y acción de gracias con cantos de alabanza.
Igualmente, cuando las oraciones hayan sido contestadas, no olviden darle las gracias y la gloria a Dios siempre.
Si su cónyuge no es creyente y no quiere reunirse, no importa, usted debe hacer la reunión con el resto de la familia. Y si es madre o padre soltero, viudo o separado, no importa, haga el culto con los que quieran unirse aplicando la misma regla.

El culto familiar, repito, trae grandes bendiciones al hogar; une a la familia en el verdadero amor, trayendo paz y comprensión y arraiga las bases de la fe.
Cualquier duda que surja en la reunión consulte con su pastor.

Si todavía no está haciendo el culto familiar, le invito a no dejar pasar un día más, sin establecerlo. Verá cómo esta inversión de tiempo redundará en frutos de armonía y unión en su hogar.
Hay que ser sabios y hacer inversión en lo que sí vale la pena: invierta en construir su familia. Es su responsabilidad como padres creyentes. Dios les bendiga.
                            

Orfilia Miranda L
Correo: orfimilondo@gmail.com

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